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sábado, febrero 05, 2022

¿LIBERTAD DE EXPRESIÓN? ¿DESINFORMACIÓN? GUERRA DE INTERESES Y PRINCIPIOS ENTRE SPOTIFY Y MÚSICOS

Dicen que una sociedad democrática se define, en parte, por su capacidad de tolerancia y por la libertad de expresión que ofrece. Sin embargo, este principio tiene sus propias contradicciones y límites por lo que se hace muy difícil establecer dónde residen los límites de esa libertad. Dependerá, en todo caso, de los casos a tratar. Es lo que está ocurriendo ahora con Spotify y algunos músicos que están retirando sus trabajos de la plataforma a raíz de los podcast antivacunas publicados en dicho medio.

¿Por qué es noticia este enfrentamiento?

Inmediatamente después de que Neil Young y Joni Mitchell sacasen su música de Spotify como protesta contra esta desinformación antivacunas difundidas en el podcast de Joe Rogan, se han unido David CrosbyGraham Nash y Stephen Stills, todos ellos miembros de la legendaria banda sureña CSNY. Según su opinión, «si bien valoramos siempre los puntos de vista alternativos, difundir desinformación, a sabiendas durante esta pandemia mundial, tiene consecuencias mortales. Hasta que se tomen medidas reales para demostrar que la preocupación por la humanidad debe equilibrarse con el comercio, no queremos que nuestra música, o la música que hicimos juntos, esté en la misma plataforma.

Tras el estallido de la polémica, Spotify no tardó en emitir un comunicado a los medios informativos puntualizando el protocolo que la compañía tenía pensado realizar para combatir la desinformación sobre el COVID y otros temas que puedan generar polémicas.

¿Quién es Joe Rogan?

Joe Rogan es un destacado escéptico de la vacuna COVID y tiene un contrato de exclusividad de 100 millones de dólares con Spotify. Aprovechando esta posición, señaló desinformación generalizada en su podcast, The Joe Rogan Experience, generando una fuerte discordia a nivel mundial. Creado en 2009 se ha convertido en uno de los podcast más populares. Ya en octubre de 2015 alcanzó los 16 millones de descargas y audiciones.

Para quien no lo conozcan, Joe Rogan es un cómico estadounidense, exdeportista, comentarista de artes marciales y presentador de podcast, que, al mismo tiempo, produce y realiza películas, programas televisivos y de música. Muchos lo definen como un provocador y un hábil personaje que sabe sacar jugo a los temas más dialécticos. Rogan no está afiliado a ningún partido político, pero tiene opiniones que muchos catalogan como libertarias. Apoyó a Ron Paul en las elecciones presidenciales de EE. UU. de 2012 y a Gary Johnson en las elecciones presidenciales de los EE. UU. de 2016.

Entre sus múltiples particularidades, Rogan es un defensor de la legalización del cannabis y del uso del LSD, de los hongos de psilocibina y del DMT, experiencias que bajo control recomienda para la exploración y mejora de los estados de la conciencia. También es un ávido cazador y forma parte del movimiento norteamericano denominado Come lo que matas, que intenta alejarse de la ganadería industrial y del maltrato de los animales criados para alimento.

Por si parece poco, se opone a la circuncisión infantil rutinaria afirmando que faltan pruebas científicas sobre los beneficios de esta práctica, la cual no considera diferente a la mutilación genital femenina. También tiene un interés especial en la privación sensorial y en el uso de tanques de aislamiento para la meditación. Según comenta le han ayudado a explorar la naturaleza de la conciencia y a mejorar el rendimiento en diversas actividades físicas y mentales y de bienestar general.

¿Qué dice el podcast de Rogan en Spotify?

Todo empezó con la entrevista que hizo Rogan al Dr. Robert Malone. En ella ambos expresaron sus dudas acerca de la vacunación contra el COVID. En el podcast se afirmaba que las personas están siendo hipnotizadas para que acepten las vacunas y las mascarillas, calificando la situación de psicosis de formación masiva. La comunidad científica no tardó en responder de forma rotunda a través de una carta a Spotify donde entre otras cosas expresaba: «al permitir la propagación de aseveraciones falsas y dañinas para la sociedad, Spotify está provocando una desconfianza por parte del público en la investigación científica».

¿Qué puede esperarse de todo este enjambre polémico?

De momento, el boicot iniciado por Neil Young, artista que siempre está en permanente choque contra diversos aspectos de la industria musical, ha logrado su doble objetivo: la disculpa de Joe Rogan y provocar un cambio en la política de contenidos de Spotify, un gigante empresarial que vale casi lo mismo que BBVA y el doble que Repsol.

Según han comentado los altos dirigentes de Spotify: «A partir de ahora, cualquiera de los espacios donde se comente el COVID contará con una serie de medidas para evitar la propagación de desinformación relacionada con la pandemia. Entre ellas, la inclusión de un aviso en aquellos podcast donde se hable sobre la COVID o las vacunas recomendando visitar las webs oficiales donde existe información contrastada sobre la enfermedad. También se facilitarán herramientas para creadores que pueden crear conciencia sobre lo que es aceptable o no».

El propio Rogan, aparte de disculparse, también ha sido claro sobre el tema: «A partir de ahora, estoy interesado en averiguar cuál es la verdad, y por tanto a tener conversaciones interesantes con personas que tienen opiniones diferentes. No me interesa hablar solo con personas que tengan una perspectiva».

¿Qué puede pasar a partir de ahora?

Al margen de lo descrito, la posición de Spotify ha sido muy concisa, sobre todo teniendo en cuenta ciertos parámetros. Desde hace un tiempo, Spotify ha apostado muy intensamente por los podcasts en los cuales ha invertido mucho esfuerzo lo que le ha llevado a ganar mucho dinero y a posicionarse como líder en el reñido campo de la tecnología streaming. En estos momentos posee ya una oferta muy amplia de que va dirigida a un target de 365 millones de usuarios. Algunos de estos podcasts han suscitado controversias, especialmente aquellos que se han referido a temáticas políticas, de acoso sexual, transgénero y pandemia. Eso también genera gran audiencia.

Sin embargo, Spotify no cree que la compañía tenga responsabilidad editorial sobre lo que se dice en sus podcasts. Para ello, hizo una comparación directa con la música Rap: «También tenemos muchos raperos muy bien pagados en Spotify, que ganan decenas de millones de dólares cada año y no dictamos lo que ponen o deben poner en sus canciones». No cabe duda de que es cierto que el servicio de streaming no puede ser responsable de las letras de las canciones, aunque también es cierto que el modelo de negocio de los podcasts es diferente al musical. Ahora bien, rápidamente salta la duda … ¿si la música y los podcasts son negocios desemejantes en una misma plataforma, ¿también debe ser diferente la responsabilidad de los mismos? La respuesta no es fácil, y las respuestas traerán puntos de vista divergentes y contrapuestos. Nunca llueve por igual en todas partes. Con lo cual volvemos a la pregunta clave del principio … ¿Dónde están los límites de la libertad de expresión, de la información y de la desinformación y más cuando se relacionan con modelos de negocio multimillonarios?

Carlos Flaqué MonllonchOriginal publicado en Crazyminds

lunes, febrero 15, 2021

BILL GATES: EL MUNDO NO SE TOMA EN SERIO EL CAMBIO CLIMÁTICO Y LA PANDEMIA

“Aún no tenemos un plan completo y tampoco tenemos las inversiones. Durante los últimos 20 años, Gates asegura que ha leído cientos de libros sobre la crisis del clima y la economía productiva. El resultado de su aprendizaje es un libro titulado Cómo evitar el desastre climático. Es una obra divulgativa y una hoja de ruta para alcanzar el objetivo de las emisiones cero en el 2050, según estipula el Acuerdo de París. Solo así se evitará que la temperatura media suba menos de dos grados por encima de su nivel preindustrial. Gates es el principal inversor privado en la lucha contra el calentamiento global y considera que prescindir de los combustibles fósiles en apenas 30 años sin comprometer el desarrollo colectivo, es decir, produciendo aún más energía, pero con fuentes renovables. El primer paso es que los gobiernos inviertan mucho más en investigación y desarrollo. Si no cambiamos la producción del acero y el cemento, no llegaremos al objetivo (…) Necesitamos cambiar la economía productiva a una velocidad inédita (…) La Administración Biden va a trabajar para conseguir la cooperación de China.

El campo de la crisis climática está en su fase inicial de desarrollo. Aún no tenemos un plan completo para medir la efectividad de los pasos que damos, ni tampoco tenemos las inversiones. Mucha no sabe mucho de la economía industrial, de cómo se producen las cosas. Por ejemplo, el mundo necesita acero y cemento, pero hemos de producirlo de otra forma. Y para eso hemos de aumentar mucho los presupuestos de investigación y desarrollo. Toda la capacidad de innovación tecnológica debería centrarse en la crisis climática.

China fabrica casi la mitad del cemento mundial y casi la mitad del acero. Cualquier plan que no implique a China no va ir a ninguna parte. La Administración Biden va a trabajar para conseguirlo. La innovación depende de los países ricos. Necesitamos una energía nuclear más segura y menos contaminante. Por ejemplo, el Reactor Demo, un pequeño reactor que funciona a una atmósfera de presión y permite producir electricidad a conveniencia, por ejemplo, cuando las renovables no funcionan por falta de sol o viento. Es mucho más seguro que todos los que se han construido. Puede que lo necesitemos para alcanzar el objetivo de cero emisiones si no se produce el milagro de que sepamos cómo almacenar la electricidad.



Necesitamos baterías que nada tienen que ver con las de un coche. Hablo de baterías que sean capaces de almacenar la electricidad que circula por la red. Han de tener una efectividad de almacenamiento veinte veces superior a las de un coche y, además, ser baratas. y no parece que con los metales conocidos podamos lograrlo. Por eso creo la solución ha de venir del hidrógeno limpio y de la fisión nuclear. La razón de que los gobiernos se desprenden de la energía nuclear es económica. Necesitamos convencerles de que es posible tener un reactor más seguro y más barato. La energía nuclear es parte de la solución, en especial en lugares como Europa, donde el sol y el viento no están siempre garantizados. Hay que garantizar la producción de energía durante 24 horas al día y poder almacenarla.

El 2050 está lo suficientemente lejos para ningún político se preocupe demasiado. Es muy fácil decir hoy que te comprometes a tener cero emisiones en el 2050 porque es difícil que entonces alguien vaya a pedirte cuentas. A estos políticos hay que preguntarles qué están haciendo hoy con el acero y el cemento. Hay que preguntarles si sus presupuestos para investigación y desarrollo están orientados a la crisis climática. Y parece que no lo están. Es muy obvio que el mundo no se toma en serio el cambio climático. La ausencia de un plan global lo demuestra. El compromiso político es esencial y necesitamos herramientas para forzar a los políticos a hacer lo que es correcto. Si los gobiernos estuvieran comprometidos, en Europa veríamos como se multiplica por diez la construcción de redes de energías renovables.

El mundo no cambia radicalmente de un día para otro a no ser que haya un desastre. La gente quiere conservar sus empleos y no podemos decir que se paren los aviones o que no se construyan más edificios. Incluso comer sería un problema si de repente se pusieran muchas limitaciones a las emisiones de gases. Necesitamos cambiar la economía productiva a una velocidad inédita en la historia de la humanidad, y hemos de hacerlo mientras seguimos procurando servicios a una población que aumenta y progresa, y que, en consecuencia, consume más energía. Por eso hemos de aumentar los presupuestos de investigación y desarrollo.

Los coches eléctricos y las viviendas energéticamente eficientes, aportarán solo el 20% de la reducción de gases que necesitamos. El grueso del problema está en la producción industrial, especialmente del acero y el cemento, así como en el combustible de aviación. Los aviones no podrán ser eléctricos. Las baterías pesarían demasiado en un avión de pasajeros y no podrían despegar. Nos falta mucha innovación para reducir los costes, como hemos visto con los paneles solares o las baterías de litio. Si acercamos los sobrecostes de la energía limpia a cero, entonces lo conseguiremos.

En el 2015 alerté del riesgo que corría la humanidad de sufrir una pandemia. Propuse varias soluciones a escala global para reforzar los sistemas de alerta y de respuesta, pero nadie me hizo caso. Los gobiernos siguieron ignorando una amenaza que no veían. Ahora trabajo para llevar las vacunas de la Covid a los países más pobres. A través de la fundación, he impulsado GAVI, una alianza mundial de vacunas bajo el paraguas de la OMS.

Sin duda sufriremos otra pandemia y no estaremos preparados. Como complemento al TED Talk de 2015 publiqué en el New England Journal of Medicine, un plan de inversiones para estar preparados para una pandemia. Los países no hicieron caso, pero ahora lo entienden. Por una modesta cantidad de dinero, el mundo podría haber superado esta pandemia con un 10% de las muertes y un 10% del impacto económico. En todo caso, hay que saber también que no hay manera de reducir a cero el riesgo de una pandemia. El bioterrorismo, por ejemplo, puede producir una.

Hemos de tener un equipo de al menos 3.000 expertos en alerta permanente para saltar a cualquier parte del mundo en la que se detecte un nuevo virus. Luego, hemos de producir más vacunas y hacerlo más rápidamente. Las principales fábricas están en India. Las vacunas de Pfizer y Moderna son muy buenas, pero no van a solucionar la pandemia porque no son termoestables. Las de AstraZeneca, Johnson and Johnson y Novavax, sí lo son y, por tanto, nos ayudarán más.

La pandemia nos ha demostrado que al dañar los ecosistemas incrementamos el riesgo de padecer nuevos virus. La razón principal para explicar la destrucción del medio ambiente en los países pobres es el crecimiento de la población. La esperanza de vida sube al reducirse la malnutrición y mejorar la sanidad. Este crecimiento no se produce en Europa o América sino un poco en Asia y mucho en África. Ahora hemos de mejorar la educación, especialmente en África. Esto nos ayudará a reducir el crecimiento demográfico y proteger mejor el medioambiente. Tendríamos, por ejemplo, menos deforestación. No hemos de olvidar que son los humanos los que creamos estos problemas".

BILL GATES

viernes, octubre 16, 2020

¿PANDEMIA O SINDEMIA? ¿CÓMO DEBE LLAMARSE LA CRISIS DEL CORONAVIRUS?

Un grupo de científicos de elevado renombre internacional asegura que el Covid 19 no es una pandemia y propone enfrentarlo como una sindemia. Los expertos sostienen que hacer frente al covid-19 desde el punto de vista de la sindemia permitirá fijarse no solo la enfermedad infecciosa sino también al contexto social de las personas. En este video explicamos más sobre este término al que se adhieren varios científicos y que propone un cambio de estrategia para enfrentar al virus que ha dejado de momento más de 1 millón de muertes en el mundo. La prestigiosa revista médica 'The Lancet' recupera esta idea abordar el problema de un modo u otro puede ser fundamental para su contención mundial.

viernes, octubre 02, 2020

LOS NUEVE APUNTES VITALES DE BYUNG-CHUL HAN SOBRE LA PANDEMIA

Supervivencia, sacrificio del placer y pérdida del sentido de la buena vida. Después de la pandemia: Sobrevivir se convertirá en algo absoluto, como si estuviéramos en un estado de guerra permanente. El ocio se ha convertido en un insufrible no hacer nada

BYUNG CHUL HAN

(Filósofo y ensayista surcoreano experto en estudios culturales. Profesor de la Universidad de las Artes de Berlín. Está considerado como uno de los filósofos más destacados del pensamiento contemporáneo por su crítica al capitalismo, la sociedad del trabajo, la tecnología y la hipertransparencia)


Byung-Chul Han, filósofo coreano nacido en Seúl y autor del libro “la desesperación de los rituales” y de otras obras, es una de las mentes más innovadoras y críticas de la sociedad actual. Según él nuestra vida está impregnada de hipertransparencia e hiperconsumismo, de un exceso de información y de una positividad que conduce de forma inevitable a la sociedad del cansancio. El pensador expresa asimismo su preocupación por que el coronavirus imponga regímenes de vigilancia y cuarentenas biopolíticas, la pérdida de libertad, el in del buen vivir y una falta de humanidad generada por la histeria y el miedo colectivo. "La muerte no es democrática", advierte este pensador. La Covid-19 ha dejado latentes las diferencias sociales, ya que “el principio de la globalización es maximizar las ganancias” y “el capital el enemigo del ser humano”. La pandemia “ha costado muchas vidas en Europa y en Estados Unidos, y lo sigue haciendo”. Está convencido de que "la pandemia hará que el poder mundial se desplace hacia Asia” frente a lo que se ha llamado históricamente el Occidente. Comienza una nueva era. En este sentido Byung Chul Han da nueve apuntes muy a tener en cuenta.


UNO: “El coronavirus está mostrando que la vulnerabilidad o mortalidad humanas no son democráticas, sino que dependen del estatus social. La muerte no es democrática. La Covid-19 no ha cambiado nada al respecto. La muerte nunca ha sido democrática. La pandemia, en particular, pone de relieve los problemas sociales, los fallos y las diferencias de cada sociedad. Con la Covid-19 enferman y mueren los trabajadores pobres de origen inmigrante en las zonas periféricas de las grandes ciudades. Tienen que trabajar. El teletrabajo no se lo pueden permitir los cuidadores, los trabajadores de las fábricas, los que limpian, las vendedoras o los que recogen la basura. Los ricos, por su parte, se mudan a sus casas en el campo".

DOS: “La pandemia no es solo un problema médico, sino social. Una razón por la que no han muerto tantas personas en Alemania es porque no hay problemas sociales tan graves como en otros países europeos y Estados Unidos. Además el sistema sanitario es mucho mejor en Alemania que en los Estados Unidos, Francia, Inglaterra o Italia”.

TRES: “El segundo problema es que la Covid-19 no sustenta a la democracia. Como es bien sabido, del miedo se alimentan los autócratas. En la crisis, las personas vuelven a buscar líderes. El húngaro Viktor Orban se beneficia enormemente de ello, declara el estado de emergencia y lo convierte en una situación normal. Ese es el final de la democracia”.

CUATRO: “Con la pandemia nos dirigimos hacia un régimen de vigilancia biopolítica. No solo nuestras comunicaciones, sino incluso nuestro cuerpo, nuestro estado de salud se convierte en objetos de vigilancia digital. El choque pandémico hará que la biopolítica digital se consolide a nivel mundial, que con su control y su sistema de vigilancia se apodere de nuestro cuerpo, dará lugar a una sociedad disciplinaria biopolítica en la que también se monitorizará constantemente nuestro estado de salud”.

CINCO: “El virus es un espejo, muestra en qué sociedad vivimos. Y vivimos en una sociedad de supervivencia que se basa en última instancia en el miedo a la muerte. Ahora sobrevivir se convertirá en algo absoluto, como si estuviéramos en un estado de guerra permanente. Todas las fuerzas vitales se emplearán para prolongar la vida. En una sociedad de la supervivencia se pierde todo sentido de la buena vida. El placer también se sacrificará al propósito más elevado de la propia salud”.

SEIS: “La pandemia vuelve a hacer visible la muerte, que habíamos suprimido y subcontratado cuidadosamente. La presencia de la muerte en los medios de comunicación está poniendo nerviosa a la gente. La histeria de la supervivencia hace que la sociedad sea tan inhumana. A quien tenemos al lado es un potencial portador del virus y hay que mantenerse a distancia. Los mayores mueren solos en los asilos porque nadie puede visitarles por el riesgo de infección. ¿Esa vida prolongada unos meses es mejor que morir solo? En nuestra histeria por la supervivencia olvidamos por completo lo que es la buena vida”.

SIETE: “Por sobrevivir, sacrificamos voluntariamente todo lo que hace que valga la pena vivir, la sociabilidad, el sentimiento de comunidad y la cercanía. Con la pandemia además se acepta sin cuestionamiento la limitación de los derechos fundamentales, incluso se prohíben los servicios religiosos. Los sacerdotes también practican el distanciamiento social y usan máscaras protectoras. Sacrifican la creencia a la supervivencia. La caridad se manifiesta mediante el distanciamiento. La virología desempodera a la teología. Todos escuchan a los virólogos, que tienen soberanía absoluta de interpretación. La narrativa de la resurrección da paso a la ideología de la salud y de supervivencia. Ante el virus, la creencia se convierte en una farsa”. 

OCHO: “El pánico ante el virus es exagerado. La edad promedio de quienes mueren en Alemania por Covid-19 es 80 u 81 años y la esperanza media de vida es de 80,5 años. Lo que muestra nuestra reacción de pánico ante el virus es que algo anda mal en nuestra sociedad”.

NUEVE: “La Covid-19 probablemente no sea un buen presagio para Europa y Estados Unidos. El virus es una prueba para el sistema. Los países asiáticos, que creen poco en el liberalismo, han asumido con bastante rapidez el control de la pandemia, especialmente en el aspecto de la vigilancia digital y biopolítica, inimaginables para Occidente. Europa y Estados Unidos están tropezando. Ante la pandemia están perdiendo su brillo. El virus no detiene el avance de China. China venderá su estado de vigilancia autocrática como modelo de éxito contra la epidemia. Exhibirá por todo el mundo aún con más orgullo la superioridad de su sistema. La Covid-19 hará que el poder mundial se desplace un poco más hacia Asia. Visto así, el virus marca un cambio de era”.


miércoles, julio 22, 2020

LA CULTURA DE LOS PAÍSES PUEDE SER UNA AYUDA O UN OBSTÁCULO ANTE UNA PANDEMIA



La velocidad de propagación y la tasa de mortalidad del COVID-19 muestran diferencias notables entre las naciones más afectadas. Si bien las distancias y recursos humanos y económicos y en la infraestructura sanitaria explican buena parte de la variación, las costumbres y la idiosincrasia también parecen tener un papel importante para entender el fenómeno de la pandemia.  Sin embargo, hay también factores sociopolíticos y culturales.

La ausencia de alternativas políticas y de una verdadera justicia de garantías hace que los ciudadanos se expongan a los castigos más severos si no obedecen. Es el caso donde priman las dictaduras de estado, como en China, Corea… No respetar a rajatabla las indicaciones de las autoridades implica más contagios y más muertes. De ahí la obediencia ciega. Pero no es solo eso. El factor cultural es crucial. Las tradiciones culturales que exigen sacrificio, honor y sentido colectivo son mucho más acentuadas en los países asiáticos que en los países europeos, especialmente en los mediterráneos. En los primeros (asiáticos), la cultura, sin duda, ha ayudado al control de la pandemia. No hay que olvidar que es el contacto entre las personas lo que permite la propagación del virus.

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Por tanto, no es casual que las naciones con mayor cultura y costumbres sociales, como Italia y España, sean los países europeos con más casos de coronavirus. Son sociedades abiertas, donde la vida colectiva es muy intensa. En otras culturas, las reglas de sociabilidad son muy diferentes. La distancia social, el clima, la educación, marcan diferencias. Suelen ser más individualistas. Los círculos sociales más reducidos, las amistades ocupan un lugar menos importante y, para muchos, no hay demasiado fuera del trabajo y la familia. Históricamente, los países anglosajones se han diferenciado de los latinos en ese sentido. Y el contraste es incluso mayor con algunas naciones asiáticas, como Japón o Corea. Cuanto más estrechas sean las interacciones entre los individuos, más se propagará el virus.

Es lógico que las medidas de aislamiento sean más difíciles de cumplir en países con vínculos comunitarios más estrechos. El impacto sobre la vida cotidiana es mucho más disruptivo y el costo es sin duda mayor. Lo interesante es que la abundancia de interacciones sociales significativas suele ser el mejor antídoto contra otra pandemia contemporánea: la depresión. Pocas cosas son más destructivas para la psiquis que la soledad y la ausencia de otros que se preocupen por uno.

La tasa de suicidios en Italia es de 5,5 cada 100.000 habitantes, según la Organización Mundial de la Salud. Es la tercera más baja de Europa, después de Grecia y de Chipre. La de España es 6,1, la quinta más baja, detrás de Albania. La tasa de Japón es de 14,3 suicidios cada 100.000 habitantes, más del doble. En Corea es más del triple: 20,2, la décima más alta del mundo. Las culturas más gregarias suelen ser más endebles en términos de responsabilidad individual. Las personas tienden a esperar las respuestas de afuera, de otros, y les cuesta más restringir sus deseos.

Corea del Sur ha hecho muy bien las cosas porque, después del brote de MERS en 2015 desarrolló un sistema de pruebas muy rápido y actualizado. Además, adoptó una aplicación que permite rastrear a cualquier persona infectada. Este tipo de vigilancia digital tiene varios aspectos controvertidos en términos de privacidad, pero es eficaz.

Por otro lado, la disponibilidad de una amplia infraestructura capaz de hacer muchas pruebas es uno de los factores que contribuye a disminuir la letalidad del virus y es una de las muestras de que el nivel de desarrollo de los países es un predictor importante. El mejor ejemplo es Corea, que gracias a hacer 15.000 tests por día y a tener un sistema de salud universal y de mucha calidad, registra 8.799 infectados, pero una tasa mortalidad entre ellos de 1,2%, frente al 9% de Italia, el 5,2% de España y el 4% de China.

La forma en que un país entiende la relación entre la salud, el medio ambiente, la política y la economía determinará cómo responderá a una crisis, cuáles serán las cuestiones clave y qué aprenderá de una pandemia como el coronavirus  Cuanto más éxito haya tenido invirtiendo en mantener la salud de base de la población, en atender a los sectores vulnerables, en programas de promoción de la salud y en infraestructura sanitaria, tanto más preparado estará para hacer frente a un desafío importante.

Teóricamente más desarrollo significa, entre otras cosas, mejores instalaciones sanitarias. Por ejemplo, con más respiradores, que son esenciales para mantener con vida a los pacientes críticos, que enfrentan serias dificultades respiratorias. Y significa también ciertos umbrales de igualdad, porque si el acceso a una salud de calidad está restringido a una minoría privilegiada, los efectos de una pandemia de este tipo van a ser mucho más devastadores.

Los grupos sociales con más poder económico y mayor nivel de educación van a poder enfrentarse muchísimo mejor a la crisis sanitaria. Las desigualdades sociales en salud están ahí y los que menos tienen son los más vulnerables. Esas desigualdades tienen que ver, en un grado alto, con el tipo de políticas sociales y económicas que se aplican en un país. En España las políticas neoliberales ejecutadas por los últimos gobiernos conservadores han tenido como consecuencia cierto desmantelamiento de los servicios sanitarios, que ahora se ha hecho más visible. La cantidad de camas hospitalarias por habitante es un indicador que revela que incluso entre los países más ricos hay diferencias radicales. En Corea, hay 11,5 cada 1.000 personas, y en Alemania hay 8,3. En España e Italia hay menos de la mitad: apenas 3 y 3,4, respectivamente.

Darío Mizrahi
INFOBAE

martes, abril 28, 2020

SUPERAREMOS LA CRISIS DEL CORONAVIRUS, PERO TENEMOS CRISIS MÁS SERIAS POR DELANTE



"El coronavirus es bastante serio, pero vale la pena recordar que se acercan dos amenazas mucho más grandes, mucho peores que cualquier cosa que haya sucedido en la historia de la humanidad: Una es la creciente amenaza de una guerra nuclear y la otra, por supuesto, es la creciente amenaza del calentamiento global. El coronavirus es horrible y puede tener consecuencias aterradoras, pero habrá recuperación. Mientras que los otros no se recuperarán, es un hecho definitivo.

Uno de los elementos más irónicos de la crisis del virus de hoy en día es que Cuba está ayudando a Europa. Alemania no puede ayudar a Grecia, pero Cuba puede ayudar a los países europeos. En un mundo civilizado, los países ricos estarían dando ayuda a los necesitados, en lugar de estrangularlos. La crisis del coronavirus puede hacer que la gente piense en qué tipo de mundo queremos.

Se sabía desde hace tiempo, que las pandemias son muy probables de ocurrir y se entendía muy bien, que era probable que hubiera una pandemia de coronavirus con ligeras modificaciones de la epidemia de SARS. Podrían haber trabajado en vacunas, en el desarrollo de protección para posibles pandemias de coronavirus, y con pequeñas modificaciones podríamos tener vacunas disponibles hoy en día, pero la plaga neoliberal lo ha bloqueado.

Esta crisis es el enésimo ejemplo del fracaso del mercado, al igual que lo es la amenaza de una catástrofe medioambiental. El gobierno y las multinacionales farmacéuticas saben desde hace años que existe una gran probabilidad de que se produzca una grave pandemia, pero como no es bueno para los beneficios prepararse para ello, no se ha hecho nada.

Existe la posibilidad de que la gente se organice, se comprometa, como muchos están haciendo, y consiga un mundo mucho mejor, que también se enfrente a los enormes problemas que estamos afrontando en el futuro, los problemas de la guerra nuclear, que está más cerca que nunca, y los problemas de las catástrofes ambientales de las que no hay recuperación una vez que hemos llegado a esa etapa, que no está lejos, a menos que actuemos con decisión".

NOAM CHOMSKY, lingüista y analista político estadounidense (20 de abril 2020 para la DIEM25 TV Arizona (EE.UU)

miércoles, abril 15, 2020

EDGAR MORIN, EL MUNDO EN TIEMPOS DE PANDEMIA

Raimon Panikkar y el pensamiento complejo de Edgar Morin

La unificación técnico-económica del mundo que trajo el capitalismo agresivo en los años noventa ha generado una enorme paradoja que la emergencia del coronavirus ha hecho ahora visible para todos: esta interdependencia entre los países, en lugar de favorecer un real progreso en la conciencia y en la comprensión de los pueblos, ha desatado formas de egoísmo y de ultranacionalismo. El virus ha desenmascarado una profunda ausencia de la conciencia planetaria de la humanidad.

Edgar Morin está considerado uno de los filósofos  y sociólogos contemporáneos más brillantes; a sus 98 años (el 8 de julio cumplirá 99). Este erudito francés lee, escribe, escucha música y mantiene contacto con amigos y parientes. Sus ganas de vivir demuestran con fuerza el drama de un azote que está aniquilando a miles de ancianos y de enfermos con patologías previas. Sé bien que podría ser la víctima por excelencia del coronavirus. A mi edad, sin embargo, la muerte está siempre al acecho. Por lo tanto es mejor pensar en la vida y reflexionar sobre lo que pasa.

La poesía vivida de Edgar Morin | Pijao Editores

LA ENTREVISTA

Pregunta (P). La mundialización de la que habla ha creado un gran mercado global que, a través de la tecnología más avanzada, ha reducido considerablemente las distancias entre continentes. Pero esta reducción de las distancias no ha favorecido un diálogo entre los pueblos. Al contrario, ha fomentado el relanzamiento del cierre identitario en sí mismo, alimentando un peligroso soberanismo.

Respuesta (R). Vivimos en un gran mercado planetario que no ha sabido suscitar sentimientos de fraternidad entre los países. Ha creado, de hecho, un miedo generalizado al futuro. Y la pandemia del coronavirus ha iluminado esta contradicción haciéndola aún más evidente. Me hace pensar en la gran crisis económica de los años treinta, en la que varios países europeos, Alemania e Italia sobre todo, abrazaron el ultranacionalismo. Y, pese a que falte la voluntad hegemónica de los nazis, hoy me parece indiscutible este cierre en sí mismos. El desarrollo económico-capitalístico, ha desatado los grandes problemas que afectan nuestro planeta: el deterioro de la biosfera, la crisis general de la democracia, el aumento de las desigualdades y de las injusticias, la proliferación de los armamentos, los nuevos autoritarismos demagógicos (con Estados Unidos y Brasil a la cabeza). Por eso, hoy es necesario favorecer la construcción de una conciencia planetaria bajo su base humanitaria: incentivar la cooperación entre los países con el objetivo principal de hacer crecer los sentimientos de solidaridad y fraternidad entre los pueblos.

P. Intentemos analizar esta contradicción en una escala reducida, tomando en consideración el microcosmos de las relaciones personales. La incursión del virus ha puesto en crisis la ideología de fondo que ha dominado las campañas electorales en estos últimos años: eslóganes como “America First”, “La France d’abord”, “Prima gli italiani”, “Brasil acima du tudo” han ofrecido una imagen insular de la humanidad, en la que cada individuo parecer ser una isla separada de las otras (utilizando la bonita metáfora de una meditación de John Donne). En cambio, la pandemia ha mostrado que la humanidad es un único continente y que los seres humanos están ligados profundamente los unos a los otros. Nunca como en este momento de aislamiento (lejos de los afectos, de los amigos, de la vida comunitaria) estamos tomando conciencia de la necesidad del otro. “Yo me quedo en casa” significa no solo protegernos a nosotros mismos sino también a los otros individuos con los que formamos nuestra comunidad.

R. Así es. La emergencia del virus y las medidas que nos obligan a quedarnos en casa han terminado por estimular nuestro sentimiento de fraternidad (…) Pero está también la otra cara de la moneda. La experiencia nos enseña que todas las graves crisis pueden incrementar fenómenos de cierre y de angustia: la caza al infractor o la de necesidad un chivo expiatorio, los actos vengativos, incívicos o de discriminación, a menudo identificado con el extranjero o el migrante. Las crisis pueden favorecer la imaginación creativa (como ocurrió con el New Deal) o provocar regresiones.

P. ¿Alude también a la Europa que frente a la emergencia sanitaria ha revelado, una vez más, su incapacidad de programar estrategias comunes y solidarias?

R. Por supuesto. La pseudo Europa de los banqueros y de los tecnócratas ha masacrado en estas décadas los auténticos ideales europeos, cancelando cada impulso hacia la construcción de una conciencia unitaria. Cada país está gestionando la pandemia de manera independiente, sin una verdadera coordinación. Esperemos que de esta crisis pueda resurgir un espíritu comunitario capaz de superar los errores del pasado: desde la gestión de la emergencia de los migrantes hasta el predominio de las razones financieras sobre las humanas, desde la ausencia de una política internacional europea a la incapacidad de legislar en la materia fiscal.

P. ¿Cuál ha sido su reacción frente al primer discurso de Boris Johnson, al despiadado cinismo con el que ha invitado a los ciudadanos británicos a prepararse a los miles de muertos que el coronavirus provocaría y a aceptar los principios del darwinismo social (la supresión de los más débiles)?

R. Un ejemplo claro de cómo la razón económica es más importante y más fuerte que la humanitaria: la ganancia vale mucho más que las ingentes pérdidas de seres humanos que la epidemia puede infligir. Al fin y al cabo, el sacrificio de los más frágiles (de las personas ancianas y de los enfermos) es funcional a una lógica de la selección natural. Como ocurre en el mundo del mercado, el que no aguanta la competencia es destinado a sucumbir. Crear una sociedad auténticamente humana significa oponerse a toda costa a este darwinismo social.
   
Todos los libros del autor Edgar Morin
  
P. El presidente Macron ha utilizado la metáfora de la guerra para hablar de la pandemia. ¿Cuáles son las afinidades y las diferencias entre un verdadero conflicto armado y lo que estamos viviendo?

R. Yo, que he vivido la guerra, conozco bien los mecanismos. Primero, me parece evidente una diversidad: en guerra, las medidas de confinamiento y toque de queda son impuestas por el enemigo; ahora en cambio es el Estado el que lo impone contra el enemigo. La segunda reflexión tiene que ver con la naturaleza del adversario: en una guerra es visible, ahora es invisible (…) Si este periodo de confinamiento durase el tiempo suficiente puede provocar restricciones que podrían recordar al racionamiento de la comida y los comercios ocultos del mercado negro. Pienso, y espero, que no. De todos modos, no creo que utilizar la metáfora de la guerra pueda ser más útil para comprender esta resistencia a la epidemia.

P. A propósito de la solidaridad humana: ¿no le parece que los científicos en este momento están promocionando una colaboración internacional para buscar la derrota del virus? ¿La llegada de médicos chinos y cubanos en el norte de Italia no es una señal de esperanza?

R. Esto es indiscutiblemente positivo. La red planetaria de investigadores testifica un esfuerzo hacia un bien común universal que cruza las fronteras nacionales, los idiomas, el color de la piel. Pero no se deben infravalorar los fenómenos de cohesión nacional (…) alrededor de los operadores sanitarios que trabajan en los hospitales. Muchos, sin embargo, son dejados fuera de estas nuevas formas de agregación solidaria: personas solas, ancianos y familias pobres no conectadas a la Red, sin contar a los que viven en la calle porque no tienen una casa. Si este régimen durara por un periodo largo, ¿cómo seguiríamos cultivando las relaciones humanas y cómo conseguiríamos tolerar las privaciones?

P. Me gustaría que abordáramos otra vez el tema de la ciencia. Después del desastre de la Segunda Guerra Mundial, las primeras relaciones entre Israel y Alemania se produjeron a través de los científicos. El año pasado, mientras visitaba el Cern de Ginebra con Fabiola Gianotti, vi alrededor de una mesa investigadores que procedían de países en conflicto entre ellos. ¿No piensa que la investigación científica de base, la que no espera ganar nada, pueda contribuir a promocionar en esta emergencia de la pandemia un espíritu de fraternidad universal?

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R. Claro que sí. La ciencia puede desempeñar un papel importante, pero no decisivo. Puede activar un diálogo entre los trabajadores de diferentes países que en este momento trabajan para crear una vacuna y producir fármacos eficaces. Pero no se debe olvidar que la ciencia es siempre ambivalente. En el pasado, muchos investigadores han trabajado al servicio del poder y de la guerra. Dicho esto, yo confío mucho en esos científicos creativos y llenos de imaginación que ciertamente sabrán promocionar y defender una investigación científica y sólida y al servicio de la humanidad.

P. Entra las emergencias que la epidemia ha evidenciado está sobre todo la sanitaria. En algunos países europeos, los Gobiernos han debilitado progresivamente los hospitales con sustanciales recortes de recursos. La escasez de médicos, enfermeros, camas y equipamientos han mostrado una sanidad pública enferma.

R. No hay duda de que la sanidad tenga que ser pública y universal. En Europa, en las últimas décadas, hemos sido víctimas de las directivas neoliberales que han insistido en una reducción de los servicios públicos en general. Programar la gestión de los hospitales como si fueran empresas significa concebir los pacientes como mercancía incluida en un ciclo productivo. Esto es otro ejemplo de cómo una visión puramente financiera pueda producir desastres bajo el punto de vista humano y sanitario.

P. La sanidad y la educación constituyen los dos pilares de la dignidad humana (el derecho a la vida y el derecho al conocimiento) y las bases del desarrollo económico de un país. El sistema educativo también ha sufrido recortes terribles en estas décadas.

R. La sanidad y la educación (…) no pueden ser gestionados por una lógica empresarial. Los hospitales, las escuelas y las universidades no pueden generar ganancia económica (no deberían vender productos a los clientes que los compran), pero deben pensar en el bienestar de los ciudadanos y en formar (…) Se debe reencontrar el espíritu del servicio público que en estas décadas ha sido fuertemente reducido.

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P. Ahora, con las escuelas y las universidades cerradas, se hace necesario recurrir a la enseñanza a distancia para mantener vivas las relaciones entre profesores y estudiantes.

R. Gracias a la tecnología se puede conseguir no romper el hilo de la comunicación. También la televisión en Francia se está organizando para ofrecer programas a los estudiantes de los institutos. Pero la cuestión, como bien sabe, es de fondo: en diferentes libros míos he puesto en evidencia los límites de nuestro sistema de enseñanza. Pienso que no se adaptó a la complejidad que vivimos desde el punto de vista personal, económico y social. Tenemos una conciencia dividida en compartimentos estancos, incapaz de ofrecer perspectivas unitarias y que también son inadecuadas para enfrentar de manera concreta los problemas del presente. Nuestros estudiantes no aprenden a medirse con los grandes desafíos existenciales, tampoco con la complejidad y la incertidumbre de una realidad en constante mutación. Me parece importante prepararse para entender las interconexiones: cómo una crisis sanitaria puede provocar una crisis económica que, a su vez, produce una crisis social y, por último, existencial.

P. Algunos decanos y algunos profesores han considerado la experiencia de la pandemia como una ocasión para relanzar la enseñanza telemática. Pienso que es necesario recordar que ninguna plataforma digital puede cambiar la vida de un alumno. ¿Así no se corre el riesgo de denigrar la importancia esencial de las clases en las aulas y del encuentro humano entre profesor y estudiante?

R. Se debe distinguir la excepcionalidad impuesta por el virus de las condiciones normales. Ahora no tenemos elección. Pero conservar el contacto humano, directo, entre profesores y alumnos es fundamental. Solo un profesor que enseña con pasión puede influir realmente en la vida de sus estudiantes. El papel de la enseñanza es sobre todo el de problematizar, a través de un método basado en preguntas y respuestas capaz de estimular el espíritu crítico y autocrítico de los alumnos. Desde la infancia, los estudiantes tienen que dejar rienda suelta a su curiosidad, cultivando la reflexión crítica. Enseñar es una misión, como la que están cumpliendo ahora los médicos: se trata, en cualquier caso, de ocuparse de vidas humanas, de personas, de futuros ciudadanos.


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P. El virus ha conseguido hacer explotar también los límites de la rapidez. El confinamiento en nuestras casas nos ha ayudado a redescubrir la importancia de la lentitud para reflexionar, para entender, para cultivar los afectos.

R. La epidemia, con las restricciones que ha generado, nos ha obligado a realizar una saludable desaceleración (…) Bergson había entendido bien la diferencia entre el tiempo vivido (el interior) y el tiempo cronometrado (el exterior). Reconquistar el tiempo interior es un desafío político, pero también ético y existencial.

P. Precisamente ahora nos damos cuenta de que leer libros, escuchar música, admirar obras de arte es la manera mejor de cultivar nuestra humanidad.

R. Sin duda. El confinamiento está haciendo que nos demos cuenta de la importancia de la cultura. Una ocasión  (…) para comprender los límites del consumismo y de la carrera sin pausa hacia el dinero y el poder. Habremos aprendido algo en estos tiempos de pandemia si sabemos redescubrir y cultivar los auténticos valores de la vida: el amor, la amistad, la fraternidad, la solidaridad. Valores esenciales que conocemos desde siempre y que desde siempre, desafortunadamente, terminamos por olvidar.

Edgar Morin - Wikipedia, la enciclopedia libre

Entrevista a Edgar Morin publicada en diario español El País
12 abril 2020
Fuente original: Nunnio Ordine (© Corriere della Sera)

martes, abril 07, 2020

EL MUNDO TRAS LA PANDEMIA DE CORONAVIRUS

Coronavirus, una pandemia muy oportuna

Las 10 mayores pandemias de la Humanidad (y cómo se resolvieron ...

"Esta tormenta pasará. Sin embargo, las elecciones que haremos
nos cambiarán la vida en los próximos años"

YUVAL NOAH HARARI, HISTORIADOR Y FILÓSOFO.

¿A QUÉ SE ENFRENTA LA HUMANIDAD TRAS LA PANDEMIA DE CORONAVIRUS?

La humanidad se enfrenta a una crisis mundial. Quizá la mayor crisis de nuestra generación. Las decisiones que tomen los ciudadanos y los gobiernos en las próximas semanas moldearán el mundo durante los próximos años. No sólo moldearán los sistemas sanitarios, sino también la economía, la política y la cultura. Debemos actuar con rapidez y resolución. Debemos tener en cuenta, además, las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones. Al elegir entre alternativas, hay que preguntarse no sólo cómo superar la amenaza inmediata, sino también qué clase de mundo queremos habitar una vez pasada la tormenta. Sí, la tormenta pasará, la humanidad sobrevivirá, la mayoría de nosotros seguiremos vivos... pero viviremos en un mundo diferente.

Muchas medidas a corto plazo tomadas durante la emergencia se convertirán en parte integrante de la vida. Tal es la naturaleza de las emergencias. Aceleran los procesos históricos. Decisiones que en tiempos normales llevarían años de deliberación se aprueban en cuestión de horas. Tecnologías incipientes o incluso peligrosas se introducen a toda prisa, porque son mayores los riesgos de no hacer nada. Países enteros hacen de cobayas en experimentos sociales a gran escala. ¿Qué ocurre cuando todo el mundo trabaja desde casa y se comunica sólo a distancia? ¿Qué ocurre cuando escuelas y universidades dejan de ser presenciales? En tiempos normales, los gobiernos, las empresas y las juntas educativas no aceptarían nunca llevar a cabo semejantes experimentos. Pero no son estos tiempos normales.

En este momento de crisis, nos enfrentamos a dos elecciones particularmente importantes. La primera es entre vigilancia totalitaria y empoderamiento ciudadano. La segunda es entre aislamiento nacionalista y solidaridad mundial.


LA VIGILANCIA “HIPODÉRMICA”

Con el fin de detener la epidemia, toda la población debe seguir ciertas pautas. Hay dos formas principales de lograrlo. Un método es que el gobierno vigile a la población y castigue a quienes incumplan las reglas. Hoy, por primera vez en la historia humana, la tecnología hace posible vigilar a todo el mundo todo el tiempo. Hace cincuenta años, el KGB no podía seguir a 240 millones de ciudadanos soviéticos las 24 horas del día, ni aspirar a procesar de modo eficaz toda la información reunida. Debía recurrir a agentes y analistas humanos y le resultaba sencillamente imposible colocar a un agente tras cada persona. Sin embargo, ahora los gobiernos pueden recurrir a ubicuos sensores y potentes algoritmos, por lo que no necesitan espías de carne y hueso.

En su batalla contra la epidemia del coronavirus, varios gobiernos han desplegado ya las nuevas herramientas de vigilancia. El caso más notable es China. Escudriñando los teléfonos de los ciudadanos, haciendo uso de cientos de millones de cámaras con reconocimiento facial y obligando a las personas a controlar su temperatura y situación médica e informar sobre ellas, las autoridades chinas no sólo son capaces de determinar rápidamente quiénes son los posibles portadores del coronavirus, sino también de seguir sus movimientos e identificar a quienes entran en contacto con ellos. Toda una gama de aplicaciones para el móvil advierten a los ciudadanos de la proximidad de personas infectadas.

Esa clase de tecnología no se limita a Asia oriental. El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu autorizó recientemente el despliegue por parte del ‘Servicio de Seguridad General’ de la tecnología de vigilancia normalmente reservada a la lucha contra el terrorismo para seguir a pacientes con coronavirus. El correspondiente subcomité parlamentario se negó a autorizar la medida, pero Netanyahu la impuso con un “decreto de emergencia”.

El triple alegato de 1984: contra el totalitarismo, la vigilancia ...

La pandemia de Coronavirus en números; casos confirmados y muertes ...

HAY QUE ELEGIR ENTRE VIGILANCIA TOTALITARIA Y EMPODERAMIENTO CIUDADANO; Y ENTRE AISLAMIENTO NACIONALISTA Y SOLIDARIDAD MUNDIAL

Cabría argumentar que todo esto no tiene nada de nuevo. En los últimos años, los gobiernos y las empresas han recurrido a tecnologías cada vez más sofisticadas para rastrear, vigilar y manipular a las personas. Sin embargo, si no tenemos cuidado, la epidemia podría marcar un importante hito en la historia de la vigilancia. No sólo porque cabe la posibilidad de que normalice el despliegue de los instrumentos de vigilancia masiva en países que hasta ahora los habían rechazado, sino también porque supone una drástica transición de una vigilancia “epidérmica” a una vigilancia “hipodérmica”. Hasta la fecha, cuando tocábamos la pantalla del móvil y clicábamos sobre un enlace, el gobierno quería saber sobre qué clicaba exactamente nuestro dedo. Sin embargo, con el coronavirus, el objeto de atención se desplaza. El gobierno quiere saber ahora la temperatura del dedo y la presión sanguínea bajo la piel.

EL PUDIN DE EMERGENCIA

Uno de los problemas a los que nos enfrentamos a la hora de comprender en qué punto nos encontramos en relación con la vigilancia es que ninguno de nosotros sabe exactamente cómo somos vigilados ni que ocurrirá en los próximos años. La tecnología de la vigilancia se desarrolla a una velocidad de vértigo y lo que parecía ciencia ficción hace 10 años es hoy una noticia desfasada. Hagamos un experimento mental. Imaginemos un hipotético gobierno que exige a todos los ciudadanos que llevemos una pulsera biométrica para vigilar la temperatura corporal y el ritmo cardíaco las 24 horas del día. Los algoritmos estatales almacenan y analizan los datos resultantes. De ese modo sabrán que estamos enfermos antes incluso de que lo sepamos nosotros mismos, y también sabrán dónde hemos estado y con quién nos hemos reunido. Sería posible reducir de modo drástico las cadenas de infección e incluso frenarlas por completo. Presumiblemente semejante sistema sería capaz de detener en seco la epidemia en un plazo de días. Maravilloso, ¿verdad?

El inconveniente, claro está, es que legitimaría un nuevo y espantoso sistema de vigilancia. Si alguien sabe, por ejemplo, que he clicado en un enlace de Fox News en lugar de hacerlo en uno de la CNN, aprenderá algo acerca de mis opiniones políticas y quizás incluso de mi personalidad. Ahora bien, si puede vigilar lo que me sucede con la temperatura corporal, la presión sanguínea y el ritmo cardíaco mientras veo las imágenes, puede aprender lo que me hace reír, lo que me hace llorar y lo que realmente me enfurece.

Resulta crucial recordar que la ira, la alegría, el aburrimiento y el amor son fenómenos biológicos como la fiebre y la tos. La misma tecnología que identifica la tos podría también identificar las risas. Si las empresas y los gobiernos empiezan a recopilar datos biométricos en masa, pueden llegar a conocernos mucho mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos, y entonces no sólo serán capaces de predecir nuestros sentimientos sino también manipularlos y vendernos lo que quieran, ya sea un producto o un político. Semejante vigilancia biométrica haría que las tácticas de hackeo de datos de ‘Cambridge Analytica’ parecieran de la Edad de Piedra. Imaginemos a Corea del Norte en 2030, cuando todos los ciudadanos deban llevar una pulsera biométrica las 24 horas del día. Si al escuchar un discurso del Gran Líder la pulsera capta señales de ira, ya podemos despedirnos de todo.

1984 y otras distopías para sumergirte en el caos - Niu

Es posible, por supuesto, defender la vigilancia biométrica como medida temporal adoptada durante un estado de emergencia. Una medida que desaparecería una vez concluida la emergencia. Sin embargo, las medidas temporales tienen la desagradable costumbre de durar más que las emergencias; sobre todo, si hay siempre una nueva emergencia acechando en el horizonte. Mi país natal, Israel, por ejemplo, declaró durante su guerra de independencia de 1948 un estado de emergencia con el que se justificaron una serie de medidas temporales, desde la censura de prensa y la confiscación de tierras hasta unas normas especiales para hacer pudin (no es broma). La guerra de independencia se ganó hace mucho tiempo, pero Israel nunca ha suspendido el estado de emergencia y no ha logrado abolir muchas de las medidas “temporales” de 1948 (clementemente, el decreto de emergencia acerca del pudín se abolió en 2011).

Incluso cuando las infecciones por coronavirus se reduzcan a cero, algunos gobiernos ávidos de datos podrían argumentar que necesitan mantener los sistemas de vigilancia biométrica porque temen una segunda oleada de la epidemia, o porque una nueva cepa de ébola se está extiendo por el África central, o porque... ya ven por dónde va la cosa. En los últimos años se está librando una gran batalla en torno a nuestra intimidad. La crisis del coronavirus podría ser el punto de inflexión en ella. Porque, cuando a la gente se le da a elegir entre la intimidad y la salud, suele elegir la salud.

LA POLICÍA DEL JABÓN

En el hecho de pedir a la gente que elija entre intimidad y salud reside, en realidad, la raíz misma del problema. Porque se trata de una falsa elección. Podemos y debemos disfrutar tanto de la intimidad como de la salud. Es posible proteger nuestra salud y detener la epidemia de coronavirus sin tener que instituir regímenes de vigilancia totalitarios, sino más bien empoderando a los ciudadanos. En las últimas semanas, algunos de los esfuerzos que más éxito han tenido a la hora de contener la epidemia han sido los organizados por Corea del Sur, Taiwán y Singapur. Aunque esos países hicieron uso de las aplicaciones de seguimiento, han confiado mucho más en las pruebas exhaustivas, la información veraz y la cooperación voluntaria de una población bien informada.

La vigilancia centralizada y los castigos severos no son la única forma de hacer cumplir unas pautas beneficiosas. Cuando se comunica hechos científicos a la población y ésta confía en que las autoridades públicas les transmitirán esos hechos, los ciudadanos pueden hacer lo correcto sin necesidad de la vigilancia de un Gran Hermano. Una población automotivada y bien informada suele ser mucho más poderosa y eficaz que una población controlada e ignorante.

Consideremos, por ejemplo, el hecho de lavarnos las manos con jabón. Ha sido uno de los mayores avances de la historia de la higiene humana. Ese sencillo acto salva millones de vidas todos los años. Aunque es algo que damos por hecho, no fue hasta el siglo XIX cuando los científicos descubrieron la importancia de lavarse las manos con jabón. Antes, incluso médicos y enfermeras pasaban de una operación quirúrgica a otra sin lavarse las manos. Hoy miles de millones de personas lo hacen diariamente, no porque tengan miedo de la policía del jabón, sino porque entienden los hechos. Me lavo las manos con jabón porque sé cosas acerca de los virus y las bacterias, entiendo que esos pequeños organismos causan enfermedades y sé que el jabón puede acabar con ellos.

Sin embargo, para lograr tal nivel de conformidad y cooperación, se precisa confianza. La gente tiene que confiar en la ciencia, las autoridades públicas y los medios de comunicación. En los últimos años, los políticos irresponsables han socavado de forma deliberada la confianza en la ciencia, las autoridades públicas y los medios de comunicación. Ahora esos mismos políticos irresponsables podrían verse tentados de tomar la senda del autoritarismo, argumentando que no cabe confiar en que la población haga lo correcto.

La carta en la que Orwell explica por qué escribió '1984' (TRADUCCIÓN)

SI GOBIERNOS Y EMPRESAS REÚNEN DATOS BIOMÉTRICOS EN MASA, SABRÁN MÁS DE NOSOTROS QUE NOSOTROS MISMOS

Por lo general, una confianza que se ha erosionado durante años no puede reconstruirse de la noche a la mañana. Sin embargo, no son estos tiempos normales. En un momento de crisis, las mentes también pueden cambiar con rapidez. Podemos mantener amargas discusiones con nuestros hermanos durante años, pero cuando ocurre alguna emergencia descubrimos de repente una reserva oculta de confianza y amistad, y corremos a ayudarnos mutuamente. En lugar de construir un régimen de vigilancia, no es demasiado tarde para reconstruir la confianza de la gente en la ciencia, las autoridades públicas y los medios de comunicación. No cabe duda de que debemos hacer uso también de las nuevas tecnologías, pero esas tecnologías deberían empoderar a los ciudadanos. Estoy a favor de controlar mi temperatura corporal y mi presión sanguínea, pero esos datos no deberían utilizarse para crear un gobierno todopoderoso. Esos datos deberían hacer que yo pueda tomar decisiones personales más informadas, y también que el gobierno responda de sus decisiones.

Si pudiera hacer un seguimiento de mi propia situación médica las 24 horas del día, no sólo sabría si me he convertido en un peligro para la salud de otras personas, sino también qué costumbres contribuyen a mi propia salud. Y si pudiera acceder a estadísticas fiables sobre la propagación del coronavirus y analizarlas, me encontraría en capacidad de juzgar si el gobierno me está diciendo la verdad y si está adoptando las políticas adecuadas para combatir la epidemia. Siempre que se hable de vigilancia, debemos recordar que la misma tecnología de vigilancia no sólo puede utilizarse por los gobiernos para vigilar a los individuos, sino también por los individuos para vigilar a los gobiernos.

Por lo tanto, la epidemia de coronavirus constituye un importante test de ciudadanía. En días venideros, la elección de todos debería ser confiar en los datos científicos y los expertos en salud, en lugar de hacerlo en teorías conspirativas sin fundamento alguno y en políticos interesados. Si no tomamos la decisión correcta, quizá nos encontremos renunciando a nuestras más preciadas libertades, convencidos de que ésa es la única manera de salvaguardar nuestra salud.

NECESITAMOS UN PLAN MUNDIAL

La segunda elección importante a la que debemos enfrentamos es entre el aislamiento nacionalista y la solidaridad mundial. Tanto la propia epidemia como la crisis económica resultante son problemas mundiales. Sólo pueden resolverse eficazmente mediante la cooperación mundial.

En primer lugar, para derrotar el virus necesitamos ante todo compartir globalmente la información. Es la gran ventaja de los seres humanos sobre los virus. Un coronavirus en China y un coronavirus en Estados Unidos no pueden intercambiar consejos sobre cómo infectar a los humanos. Sin embargo, China puede enseñar a Estados Unidos muchas lecciones valiosas sobre los coronavirus y cómo tratarlos. Lo que un médico italiano descubre en Milán a primera hora de la mañana puede salvar vidas en Teherán por la tarde. Cuando el gobierno del Reino Unido duda entre diversas políticas, puede obtener consejo de los coreanos que ya se enfrentaron a un dilema similar hace un mes. Ahora bien, para que eso suceda, necesitamos un espíritu de cooperación y confianza mundial.

Los países deben estar dispuestos a compartir información de forma abierta y buscar humildemente asesoramiento, y ser capaces de confiar en los datos y las ideas que reciben. También necesitamos un esfuerzo mundial para producir y distribuir equipos médicos; sobre todo, kits de pruebas y respiradores. En lugar de que cada país trate de actuar localmente y acumule todos los equipos que pueda acaparar, el esfuerzo mundial coordinado acelerarían enormemente la producción de equipos susceptibles de salvar vidas y aseguraría una distribución más justa. Así como los países nacionalizan sectores clave durante una guerra, la guerra humana contra el coronavirus nos exige que “humanicemos” las cadenas de producción cruciales. Un país rico con pocos casos de infectados debería estar dispuesto a enviar los preciados equipos a un país más pobre con muchos casos, convencido de que, si más tarde necesita ayuda, otros países se la brindarán.

Internet Mondial Avec Des Connexions Numériques Du Monde Entier ...

LOS PAÍSES DEBEN ESTAR DISPUESTOS A COMPARTIR INFORMACIÓN DE FORMA ABIERTA

Consideremos un esfuerzo mundial similar para reunir personal médico. Los países hoy menos afectados podrían enviar personal médico a las regiones más afectadas del mundo, tanto para ayudarlos en sus momentos de necesidad como para adquirir una valiosa experiencia. Si más adelante el foco de la epidemia se desplaza, la ayuda podría empezar a fluir en la dirección opuesta. La cooperación mundial es esencial también en el frente económico. Dada la naturaleza global de la economía y las cadenas de suministro, si cada gobierno obra por su cuenta haciendo caso omiso de los demás, el resultado será el caos y el agravamiento de la crisis. Necesitamos un plan de acción mundial, y lo necesitamos sin tardanza

UNA PARÁLISIS COLECTIVA SE HA APODERADO DE LA COMUNIDAD INTERNACIONAL. NO PARECE QUE HAYA ADULTOS EN LA SALA

Otro requisito es alcanzar un acuerdo mundial sobre los viajes. La suspensión de todos los viajes internacionales durante meses causará tremendas dificultades y obstaculizará la guerra contra el coronavirus. Los países deben cooperar para permitir que al menos un pequeño grupo de viajeros esenciales sigan cruzando las fronteras: científicos, médicos, periodistas, políticos, empresarios. Se puede conseguir mediante un acuerdo mundial sobre preselección de viajeros en el país de origen. Si sólo se permite subir a un avión a viajeros cuidadosamente seleccionados, se estará más dispuesto a aceptarlos en el país de destino.

Por desgracia, los países apenas toman hoy alguna de esas medidas. Una parálisis colectiva se ha apoderado de la comunidad internacional. No parece que haya adultos en la sala. La celebración de una reunión de emergencia de los dirigentes mundiales para trazar a un plan de acción común habría sido deseable hace ya muchas semanas. Sólo a mediados de marzo lograron los dirigentes del G-7 organizar una videoconferencia, sin que por otra parte saliera de ella ningún plan en ese sentido.

En anteriores crisis mundiales (como la crisis económica de 2008 y la epidemia del ébola de 2014), Estados Unidos asumió el papel de líder mundial. Sin embargo, el actual gobierno estadounidense ha renunciado a la labor de liderazgo. Ha dejado bien claro que la grandeza de Estados Unidos le importa mucho más que el futuro de la humanidad.

Esa administración ha abandonado incluso a sus aliados más estrechos. Cuando prohibió todos los viajes procedentes de la Unión Europea, ni siquiera se molestó en notificarla con antelación, y mucho menos en llevar a cabo una consulta sobre una medida tan drástica. Ha escandalizado a Alemania ofreciendo supuestamente mil millones de dólares a una empresa farmacéutica de ese país para comprar los derechos monopólicos de una nueva vacuna contra la covid-19. Incluso si el actual gobierno estadounidense cambiara finalmente de rumbo y presentara un plan de acción mundial, pocos seguirían a un dirigente que nunca asume ninguna responsabilidad, nunca admite ningún error y que acostumbra a atribuirse siempre todos los méritos y achacar toda la culpa a los demás.

TODA CRISIS ES UNA OPORTUNIDAD: ESPEREMOS QUE LA ACTUAL EPIDEMIA CONTRIBUYA A QUE LA HUMANIDAD SE DÉ CUENTA DEL PELIGRO QUE SUPONE LA DESUNIÓN

Si el vacío dejado por Estados Unidos no es ocupado por otros países, no sólo será mucho más difícil detener la actual epidemia, sino que su legado seguirá envenenando las relaciones internacionales en los próximos años. Sin embargo, toda crisis es también una oportunidad. Esperemos que la actual epidemia contribuya a que la humanidad se dé cuenta del grave peligro que supone la desunión mundial.

Debemos tomar una decisión. ¿Viajaremos por la senda de la desunión o tomaremos el camino de la solidaridad mundial? Elegir la desunión no sólo prolongará la crisis, sino que probablemente dará lugar a catástrofes aún peores en el futuro. Elegir la solidaridad mundial no sólo será una victoria contra el coronavirus, sino también contra todas las futuras crisis y epidemias que puedan asolar a la humanidad en el siglo XXI.

Entrevista a Yuval Noah Harari sobre el coronavirus - Más Regiones ...

YUVAL NOAH HARARI

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