viernes, septiembre 27, 2013

CORRIDAS DE TOROS, HERENCIA SALVAJE DE CULTURAS OBSOLETAS

La fiesta de los toros será declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de España y no Bien de Interés Cultural, según el texto de una enmienda al articulado que ha presentado hoy el Grupo Popular (26 septiembre del 2013).
                                    



Hace siglos atrás algunas culturas hicieron ya de la tortura un espectáculo público, algo que las civilizaciones venideras describieron como inhumanas y no propias de una civilización avanzada. Sin embargo la tortura como fiesta ha estado siempre presente en diversas sociedades. Las corridas de toros son un claro ejemplo de ello y por más que sus defensores insistan en justificarlas, a fechas de hoy deberían estar completamente erradicadas.

¿Cuál es el límite entre el arte, la tortura, el derecho a la vida y la libertad? El control social se debilita cuando se corta el vínculo entre los actos realizados y sus consecuencias. Cuando se desactiva el control moral, la persona puede llevar a cabo acciones crueles que no haría en condiciones normales, cambiando su comportamiento hacia otros individuos. El control moral se desactiva cuando la persona siente que sus conductas reprobables son justificadas o desvincula sus conductas reprobables con las consecuencias negativas para otros. Cada persona debe identificar y rechazar las actitudes en su sociedad que estimulan el trato desigual y la agresión.

Negligencias, abandonos, tenencia irresponsable, espectáculos crueles, brutales procedimientos industriales, investigaciones científicas sin escrúpulos, son algunos actos de crueldad con animales que demuestran aun más la posible y denigrante condición humana. ¿Por qué razón personas comunes cambian su comportamiento y apoyan acciones crueles contra otros seres vivos?

La sola idea de que una cosa cruel pueda ser útil es ya de por sí inmoral.
Marco Tulio Cicerón

La crueldad es la fuerza de los cobardes.
Proverbio árabe

http://youtu.be/dPnhPZvDY3o



La crueldad humana es un misterio. Nadie sabe aún en que parte de nuestro cerebro habita ese impulso que obliga a las personas a exterminarse, un raro honor que sólo compartimos con las ratas. El placer sádico de la tortura, la atracción festiva de la muerte, el rito religioso instituido en torno a la matanza de seres de la misma especie sólo se da en los humanos.

Las ratas también se autoaniquilan pero, al contrario que los hombres, no toman esa característica como un hecho cultural o timbre de gloria ni jalonan ese largo camino de sangre, que se llama historia, con estatuas de héroes y mártires. Habrá que aceptar humildemente que la crueldad humana es algo natural, efecto de una descompensación de minerales en algún bulbo del cerebro.

Actualmente tenemos la sociedad española dividida por un tema de cuernos, no por cuestión de infidelidades de pareja sino por una ilógica infidelidad al sentido común: las corridas de toros. Parece ser que para a ciertos “humanos” el acto de torturar y matar ciertos animales como parte esencial de un espectáculo y cultura únicos, es considerado una tradición milenaria, un supuesto “arte” o “belleza plástica”, plena de riquezas y cualidades “humanas”, con una simbología especial y un folklore insustituible.

El sufrimiento o la muerte de un ser vivo nunca debería ser un espectáculo ni imagen de una cultura. No valen las justificaciones y comparaciones ni siquiera las reminiscencias históricas; en la época de los romanos los hombres se enfrentaban a la muerte con leones en las arenas del Coliseo y sin embargo a pesar de formar parte de una cultura hoy en día sería impensable. Hay cosas y tradiciones que con el tiempo se superan porque el ser humano debe evolucionar y aprender a diferenciar lo salvaje de lo civilizado. La historia de la Humanidad está llena de tradiciones sangrientas que con el paso de los tiempos han sido suprimidas.

Imaginemos por un instante que los papeles se invierten … En una sociedad taurina los hombres más bravos son criados especialmente para luego morir frente la audacia de un toro, máximo símbolo de la cultura dominante. Mientras el humano muere desnudo públicamente los toros aplauden con sus negras pezuñas agitando enfebrecidos sus rabos.



Pongamos otro ejemplo. Imaginemos que unos extraterrestres de una raza muy superior a la nuestra nos consideran como animales especiales para sus tradiciones culturales, entre las que destaca la Humanotaquia, un tradición de años luz donde se celebran las famosas Corridas de Humanos Intergalácticas; los humanos, en el centro de un ruedo de arena cósmica, una vez picoteados con lanzas y banderillas luminosas, deben sortear los capeos del Matador galáctico y finalmente morir tras una fina estocada de espada cuántica. Como símbolo de valor, al humano se le cortan las orejas y el rabo (el que tiene entre las piernas). Sólo al humano más bravo y fuerte se le perdona la vida para que fecunde de nuevo a mas hembras humanas con el fin de dar nuevas crías que en un futuro terminarán también bajo la sórdida luz de la muerte. De forma irónica hay quien piensa de otra forma.

“Sería más interesante que matasen al torero, el espectáculo ganaría mucho”.
Quim Monzó
Escritor

“¿Qué es el placer de ver a un animal herido hasta la muerte?”
Ricky Gervais
Actor de la serie The Office

“El toro cuando se enfrenta al torero ya le merman las fuerzas porque antes de entrar al ruedo ya ha sufrido, golpes, pinchazos, raspaduras, etc. Cuando el toro entra en la plaza ya es un medio cadáver andante que se enfrenta a un payaso con una espada que lo matara despiadadamente en nombre cobarde del arte y la cultura”.
Linea 36


Gerard Quintana, líder del grupo de música Sopa de Cabra, hace una brillante reflexión en torno al tema: “las razones por las que he tomado postura a favor de la prohibición de las corridas de toros son las mismas por las que lo hice a favor de la prohibición de la tortura, o del escarnio público, o del abuso de poder, llegado el caso. La imagen de un ser vivo convertido en objeto de entretenimiento mientras su sistema nervioso le va transmitiendo el dolor de las heridas gratuitas, rodeado por las gradas que aplauden a su verdugo, me subleva con toda la empatía que me transmite la víctima introducida en un mecanismo de tortura y agonía en el que su torturador es el único que puede salvarla. Como el César que tiene el derecho a dar y tomar la vida. Me parece totalmente anacrónico, y no tendré ningún argumento que pueda justificar esta aberración, cuando mis hijos me pregunten qué ha hecho esa pobre bestia para recibir un castigo tan humillante.

El agravante de mantener el espectáculo de la muerte como fiesta nacional y señal de identidad -exhibida durante años en la televisión pública-,, con sus sucedáneos enquistados en muchas fiestas populares en forma de toros embolados y otras crueldades parecidas, en las que una multitud se enfrenta a un solitario ser vivo, distinto, fuerte, mítico, para, finalmente, ser sometido y ejecutado en la plaza pública, me hizo tomar la decisión de comprometerme con esta iniciativa popular.

El hombre ha puesto a prueba su valor, ha demostrado su habilidad y sangre fría y que es el rey de esta selva. Pero, llegados a este momento en el que debemos plantearnos nuestro papel en este nuevo mundo global, y en el que debemos alcanzar una nueva conciencia en la relación con nuestro entorno y nuestros coetáneos por pura supervivencia, me parece que las tradiciones y los modelos de futuro deben ser otros. Debemos dar un salto evolutivo. Los modelos tradicionales deben evolucionar con nosotros y, con el tamiz de la experiencia, debemos elegir entre lo que nos resulta útil y lo que es un lastre, para seguir un camino de futuro en el que crueldad y tortura no sean el ejemplo.

Es cierto que incluso Goya y Picasso pintaron sus tauromaquias, como es cierto también que plasmaron los horrores de la guerra en Los fusilamientos del 3 de mayo y el Guernica. El mundo del arte a menudo ha observado fascinado el rostro vivo de la muerte. Hay que pensar si el animal es un objeto de entretenimiento o un ser vivo. Es una cuestión de sensibilidad, no de libertad”.

El toro ha sido la excepción de muchas prohibiciones, hasta el momento. Solo su silueta sigue observándonos por las carreteras de la casualmente llamada piel de toro, mientras todos los demás símbolos publicitarios fueron desterrados de nuestra vista en nombre de la seguridad vial. Solo él sigue muriendo en un espectáculo público en Catalunya, mientras el resto de animales ha sido desterrado de los circos en nombre de unos derechos que curiosamente no protegen ni al toro ni al caballo, los dos protagonistas de las corridas.

Quizá ya es hora de apartar las manos de sus cuernos y considerarlo como lo que es. Un ser vivo más y no algo que algunos pueden utilizar como símbolo sangriento. Recordemos que, en el juego de las simbologías, la respuesta desde Catalunya fue otro símbolo extraído del mundo animal y estampado en los coches: el burro catalán, una especie protegida que no necesita sangrar para vivir. Incluso en la India, las vacas son el símbolo y eso significa que son más respetadas, en lugar de torturadas. No es extraño que Gandhi, un hombre que fue timón y ejemplo de ese país y del mundo entero con su sentido incorruptible de la ética, dijera: «La evolución de una nación puede verse en el trato que reciben sus animales".


Karl Flaqué Monllonch






Nada repugna tanto al sentido moral como la tortura, el dolor atroz infligido de un modo intencional e innecesario. El no ser torturado constituye el único derecho humano al que la declaración de la ONU no reconoce excepciones y el derecho animal que más adhesiones suscita. El hacer de la tortura pública de pacíficos rumiantes un espectáculo de la crueldad, autorizado y presidido por la autoridad gubernativa, es una anomalía moral intolerable.

Los espectáculos de la crueldad con animales humanos (herejes, brujas, delincuentes) y no humanos (toros, osos, perros, gallos) eran habituales en toda Europa, hasta que la Ilustración acabó con ellos. En la España dieciochesca, mientras los aristócratas abandonaban el alanceamiento de los toros a caballo, sus peones introdujeron la variedad plebeya o a pie del toreo, fomentada luego por Fernando VII, creador de las escuelas taurinas e impulsor de la tauromaquia plebeya o a pie. España había perdido el tren de la Ilustración: "¡Vivan las cadenas!". En las últimas décadas nuestro país ha progresado mucho, pero hemos sido incapaces de eliminar las bolsas de crueldad que todavía quedan entre nosotros, como el maltrato a las mujeres y la tauromaquia.

Soy partidario de la máxima libertad en todas las interacciones voluntarias (comerciales, lingüísticas, sexuales, etcétera) entre ciudadanos. Soy contrario a todo prohibicionismo, excepto en los casos extremos, como la violación de niños o la tortura de animales. Pero es que las corridas de toros son un caso extremo. Por muy liberales que seamos, si no tenemos completamente embotada nuestra sensibilidad moral y nuestra capacidad de compasión, tenemos que exigir el final de esta salvajada.

No existe argumento alguno para mantener las corridas de toros. En su defensa se alternan las chorradas ampulosas (como que el hombre necesita torturar al toro para autoafirmarse como hombre, y supongo que necesita maltratar a la mujer y apalear al inmigrante para autoafirmarse como macho y como patriota) con la crasa apelación al interés de los toreros, que necesitan ganarse la vida. 

Además de su cursilería estética y de su abyección moral, toda la huera y relamida retórica taurina se basa en una sarta de mitos y falsedades incompatibles con la ciencia más elemental. No, el toro de lidia no constituye una especie aparte, sino que pertenece a la misma especie y subespecie (Bos primigenius taurus) que el resto de los toros, bueyes y vacas, aunque no haya sido sometido a los extremos de selección artificial que han sufrido las vacas lecheras, por lo que conserva un aspecto relativamente parecido al del toro salvaje. Convendría que la abolición de la tauromaquia fuese acompañada de la creación de un gran Parque Nacional de las Dehesas en Extremadura, que incluyera manadas de toros en libertad.

Sí, el toro sí sufre. Tiene un sistema límbico muy parecido al nuestro y segrega los mismos neurotransmisores que nosotros cuando se le causa dolor. No, el llamado toro bravo no es bravo, no es una fiera agresiva, sino un apacible rumiante, más proclive a la huida que al ataque. Dos no pelean si uno no quiere, y el toro nunca quiere pelear. Como la corrida de toros es un simulacro de combate y los toros no quieren combatir, el espectáculo taurino resultaría imposible, a no ser por toda la panoplia de torturas (los golpes previos en riñones y testículos, el doble arpón de la divisa al salir al ruedo, la tremenda garrocha del picador, las banderillas sobre las heridas que manan sangre a borbotones) a las que se somete al pacífico bovino, a fin de irritarlo, lacerarlo y volverlo loco de dolor, a ver si de una vez se decide a pelear.

A pesar de los terribles puyazos, con frecuencia el toro se queda quieto y "no cumple" con las expectativas del público. Antes como "castigo" se le ponían banderillas de fuego, es decir, cartuchos de pólvora y petardos, que estallaban en su interior, quemándole las carnes y exasperando aún más su dolor, a ver si así se decidía a embestir. Más tarde las banderillas de fuego fueron suprimidas, sobre todo para no horrorizar a los turistas, a los que se suponía una sensibilidad menos embotada que a los encallecidos aficionados hispanos. De todos modos, el actual reglamento taurino prevé que sigan empleándose banderillas negras o "de castigo" con arpones todavía más lacerantes para castigar aún más al pobre bovino, "culpable" de mansedumbre y de no simular ser el animal feroz que no es.

Jesús Mosterín 
Profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC.
Miembro del Center for Philosophy of Science de Pittsburgh.
Miembro de la Academia Europea de Londres, del Institut International de Philosophie de París y de la International Academy of Philosophy of Science.

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