martes, agosto 16, 2011

LA REALIDAD FOTOGRAFICA DE DON MAcCULLIN


Crecí en ignorancia, pobreza y fanatismo totales, y esto ha sido para mí una carga en toda mi vida. Todavía hay un poco de veneno que no quiero que salga y que intento reconducir. Soy un ateo profeso, hasta encontrarme a mí mismo en circunstancias problemáticas. Entonces caigo rápidamente de rodillas, y mentalmente exclamo: Dios, por favor, líbrame de esto.

Me han manipulado, y yo he manipulado a otros, fotografiando su respuesta al sufrimiento y a la miseria. Soy culpable en ambas direcciones: culpable porque no practico religión alguna, culpable porque podía haber ido a caminar a otro lado, mientras que ese hombre moría del hambre o era asesinado por otro hombre con un arma. Y estoy cansado de la culpa, cansado de decirme: No maté a ese hombre en esa fotografía, yo no maté de hambre a ese niño.

Mi carrera se inició y se alimentó de violencia. Uno de los chicos que formaban parte de mi grupo se enfrentó a una banda de muchachos. Llegó la policía para separarlos y alguien mató a mi amigo con un cuchillo. Yo había tomado fotos como amateur de ese grupo de amigos, entre los que estaba el asesinado, y entonces las llevé a un diario muy famoso, The Observer. Eso sucedía en 1958. Unas semanas después publicaron media página con mis imágenes. Y, al día siguiente, me ofrecieron un trabajo. Era algo increíble. No sabía nada de fotografía.

Cuando uno empieza a cubrir guerras, todo es muy excitante. Uno no se plantea cuestiones morales. Pero a medida que desarrolla su trabajo, a medida que ve matar niños o que los ve agonizar, las cosas se vuelven horribles y entonces surgen los cuestionamientos. Cuando fui a Vietnam, todo me resultaba excitante: las bombas, la selva, los paracaídas, los helicópteros, las explosiones. Era Hollywood. Apocalypse Now. Estuve allí doce días. Cuando me fui, parecía tan loco como los soldados norteamericanos que había fotografiado. Y me preguntaba: ¿qué tiene esto que ver con la fotografía?

Estaba en Beirut y vi cómo una bomba caía sobre una casa y la destruía por completo. En la calle, había una mujer, la propietaria. Delante de sus ojos, en un segundo, había visto desaparecer todas sus posesiones, lo que había levantado en toda una vida. Yo alcé mi cámara y tomé una fotografía de ella frente a las ruinas. La mujer se dio cuenta. Vino hacía mí y me empezó a pegar. Me pegaba y me pegaba. Yo no me defendía. No tenía derecho de hacerlo. Esa foto conmovedora, por la que me pagarían mucho, la había conseguido gracias a ese hogar reducido a cenizas. Volví al hotel. Me decía: “Estoy harto de este trabajo”. Fui al café a tomar algo para recuperarme. Y, al rato, apareció un amigo y me dijo: “¿Sabés una cosa?” “No me molestes”, le contesté. Y él continuó: “La mujer que te pegó, la mujer a la que le destruyeron la casa, acaba de ser matada por una bomba”. Regresé a Inglaterra. Desde entonces no fui el mismo. En diez años no volví a tomar fotos de guerra.

No creo que vuelva a hacerlo. No es para mi edad. Voy a cumplir sesenta y nueve años en octubre y tengo una nueva esposa y un nuevo hijo, que acaba de cumplir un año. Estoy harto de la fealdad y del horror de las guerras.

Cuando voy a una guerra, siempre leo todos los informes y los libros sobre los problemas que la generaron. Pero cuando se llega a los lugares de combate, es imposible actuar con una mente abierta porque las atrocidades que uno ve hacen que uno se incline por los que han sido agredidos o invadidos, por los débiles.

Cuando fui a Beirut y vi a la Falange Cristiana asesinando niños y mujeres, no necesité que nadie me dijera cuál era el partido que debía tomar. Lo que la Falange Cristiana estaba haciendo era criminal, no tenía nada que ver con la política. Una vez asistí a un episodio espantoso en aquella ciudad. Fui testigo de cómo un hombre, en la escalera de su casa, rodeado por su familia, era apuntado por un miembro de la Falange. Recuerdo la mirada de ese hombre que se dirigía a mí para que yo pidiera por su vida. No pude hacer nada. Un soldado cristiano me había dicho: “Si usted toma una foto, lo mato”. En ese momento, yo me preguntaba cómo aquel soldado podía llamarse cristiano y matar inocentes en nombre de Dios.

Don McCullin
Reportero Gráfico

 
Don MacCullin y la Nikon que le salvò la vida.

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En el mundo existen realidades contrapuestas, la gente que sufre y muere y la gente que triunfa y vive rodeada de preciadas comodidades. Son los polos de una misma realidad, como la moneda que maneja su perverso poseedor. Rostros con miradas perdidas. En una parte, gestos de tristeza y dolor, personas que han perdido todo, incluso la esperanza, es la extermidad más cruel que detiene la vida; en el otro lado, a nadie parece importarle nada; son crueles historias frente a frente, realidades que para muchos no merecen ni siquiera ser portada de los mas prestigiosos medios de comunicación, esos que dicen ser los informadores de la libertad y la justicia. Sin embargo, por suerte, en medio del caos, la muerte y el dolor, siempre hay ojos que ven y registran muchas de las cosas que la mayoría prefieren no ver; son los ojos que hacen doblar los corazones del mundo y crispan los intereses de quienes generan los dramas humanos. Nada mejor pues que el testimonio directo de este grandísimo profesional que un día decidió apartarse de todo antes de caer bajo la tierra de este mundo agonizante. 

KarlFM.-


Don McCullin nació el 9 de octubre de 1935 en Finsbury Park, Londres, uno de los barrios más duros de un Londres todavía en ruinas por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Sus orígenes humildes no le impidieron llegar a ser uno de los mejores fotógrafos de guerra de la historia y por mostrar las capas bajas de la sociedad: parados, pobres y marginados. Retrató Chipre, Vietnam, el Líbano y Afganistán. Y conoció, en calidad de preso, el horror de las cárceles de Idi Amin. Por cierto que también retrató a los Beatles. Y ahora, leyendo su humilde y sanguínea autobiografía, no he podido evitar pensar que sus fotografías y su pasión pertenecen a otro tiempo. Uno en el que era posible que una foto cambiase el mundo. Un poco al menos. En el que la audiencia y el dinero, aunque casi, no lo eran todo. Hoy cada año decenas de periodistas son asesinados. Otros viven amenazados de muerte o son encarcelados. La mayoría del resto vive su oficio como un empleo, y no como la misión o vocación de justicia que en otro tiempo fue. Es normal: todos aspiramos a vivir bien y tranquilos. Pero ya no somos periodistas, sino “profesionales de la comunicación”. De ahí al marketing hay un paso

En el servicio militar estuvo en la RAF en la zona del canal durante la crisis de Suez en 1956 donde trabajó como asistente de un fotógrafo, al suspender el examen teórico para fotógrafo. Entre 1966 y 1984, trabajó como corresponsal de ultramar para el Sunday Times Magazine, registrando catástrofes ecológicas y creadas por el hombre, como la Guerra de Biafra, en 1968 y las víctimas del SIDA en África. También cubrió la guerra del Vietnam y el conflicto de Irlanda del Norte. En 1968, su cámara fotográfica Nikon paró una bala que iba dirigida a él.

El trabajo de McCullin era considerado tan de gran alcance y evocador que en 1982 el gobierno británico le rechazó para cubrir la guerra de la Malvinas. Es el autor de numerosos libros, incluyendo:
  • Los palestinos (con Jonatán Dimbleby, 1980),
  • Beirut: Una ciudad en crisis (1983),
  • Don McCullin en África (2005),
  • Shaped by War (2010), fue publicado para acompañar una exposición retrospectiva suya en el Imperial War Museum North en Salford
  • Southern Frontiers: A Journey Across the Roman Empire es un estudio poético y contemplativo de ruinas romanas y prerromanas seleccionadas en África del Norte y Oriente Medio.
En los últimos años se dedica al paisaje, bodegones y retratos. Ha conseguido los siguientes premios:
  • World Press Photo Award, 1964 por su trabajo en la guerra de Chipre
  • Warsaw Gold Medal, 1964.
  • Orden del Imperio Británico, 1993; siendo el primer fotoperiodista en recibirlo.
  • Cornell Capa Award, 2006, entre muchos más.

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