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lunes, noviembre 08, 2021

BYUNG-CHUL HAN PUBLICA “NO-COSAS”: “EL MUNDO SE VACÍA DE OBJETOS Y SE LLENA DE INFORMACIONES, DE RUIDO DIGITAL”

Hoy estamos en la transición de la era de las cosas a la era de las no-cosas. No son las cosas, sino la información, lo que determina el mundo en que vivimos.


Hoy en día, el mundo se vacía de cosas y se llena de información inquietante como voces sin cuerpo. La digitalización desmaterializa y descorporeiza el mundo. En lugar de guardar recuerdos, almacenamos inmensas cantidades de datos. Los medios digitales sustituyen así a la memoria, cuyo trabajo hacen sin violencia ni demasiado esfuerzo. La información falsea los acontecimientos. Se nutre del estímulo de la sorpresa. Pero este no dura mucho. Rápidamente sentimos la necesidad de nuevos estímulos, y nos acostumbramos a percibir la realidad como una fuente inagotable de estos. Como cazadores de información, nos volvemos ciegos ante las cosas silenciosas y discretas, incluso las habituales, las menudas y las comunes, que no nos estimulan, pero nos anclan en el ser.

El nuevo ensayo de Byung-Chul Han gira en torno a las cosas y las no-cosas. Desarrolla tanto una filosofía del smartphone como una crítica a la inteligencia artificial desde una nueva perspectiva. Al mismo tiempo, recupera la magia de lo sólido y lo tangible y reflexiona sobre el silencio que se pierde en el ruido de la información.

Por todo ello, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han acaba de publicar No-cosas, un ensayo en el que lamenta la desaparición de los objetos en favor de lo digital, mientras que Mark Zuckerberg de Facebook quiere que vivamos en una realidad paralela y virtual porque es bueno para el medioambiente.

La lógica simplifica las cosas, no como la estadística, que miente más que un diputado. Por ejemplo: en esta vida puedes ser un hipopótamo o un no-hipopótamo, no hay más opciones. Parece estúpido, pero el truco se utiliza cada vez más. Ahora hay quien define su postura política como no-izquierda, una suerte de ni confirmo ni desmiento actualizado. De la misma forma, sostiene Byung-Chul Han, que es algo así como el Murakami de los filósofos, existen cosas y no-cosas, y últimamente las segundas van ganando la batalla. En otras palabras: el mundo se vacía de objetos y se llena de informaciones, de mensajes, de ruido digital. Perdemos materia y ganamos levedad. ¿Qué significa eso? No está claro, pero el artista Salvatore Garau se está forrando con sus esculturas invisibles. La última se vendió por 28.000 euros.

Ya no habitamos la tierra y el cielo, sino Google Earth y la nube, sentencia Byung-Chul Han en No-cosas (Taurus), su nuevo ensayo, que acaba de publicarse en España. A pesar de ser un libro que busca la frase redonda antes que la idea precisa, con un discurso caótico al tiempo, hay en él algunas alertas interesantes. Como esta: si hoy ya nadie recuerda nada es porque en la red no hay narraciones, sino informaciones; no hay relato, sino una sucesión interminable de estímulos que imponen un ritmo frenético y se anulan los unos a los otros. El orden digital, es decir, numérico, carece de historia y de memoria, y, en consecuencia, fragmenta la vida, asevera Byung-Chul Han. Y más adelante añade: Solo las narraciones crean significado y contexto. A partir de cierto punto, la información no es informativa, sino deformativa. Por eso, insiste, la verdad languidece en nuestro siglo.

Byung-Chul Han carga contra el sistema y se regodea en sus fallas. Habla del capitalismo de la información y de cómo todo se convierte en mercancía, hasta las realidades inmateriales (el amor, la amistad, la pereza, etcétera). Sin embargo, lo que le preocupa en estas páginas es que los objetos están desapareciendo. Ya no usamos las cosas, las consumimos. Pasa con la música. A nadie se le queda pegada una parte de sí mismo a una lista de Spotify, pero sí a un disco (el tacto, qué importante). Y luego está lo de las fotos: en la pantalla el papel no amarillea, y eso es una tragedia. ¿Por qué? Porque «solo el uso prolongado da un alma a las cosas». Esto lo sabe cualquiera que haya entrado en la casa de un muerto a recoger sus trastos. Dentro de poco bastará con hacer un clic y activar el olvido digital.

Todo lo que Han teme de la tecnología lo invocó el otro día Mark Zuckerberg como promesa en un vídeo digno de Charlie Brooker (hay capítulos de Black Mirror más tranquilizadores que su aparición). Mark Zuckerberg, que es como un profeta, pero pelirrojo e imberbe, bajó a la Tierra para anunciar el cambio de nombre de su compañía por el de Meta, palabra que viene de metaverso, un lugar maravilloso que se parece sospechosamente a la cantina de Star Wars. La idea es crear una realidad paralela y digital donde podamos vivir sin salir de casa, y donde nos podamos disfrazar a diario como un robot o lo que surja. Zuckerberg quiere que teletrabajemos en el metaverso, que tengamos un hogar en el metaverso, que viajemos en el metaverso. Este es el concepto: puedes habitar un cuchitril sin ventanas y ver el paraíso con unas gafas carísimas; puede que no tengas dinero para una vivienda digna, pero sí para una virtual. Igualito que en Ready player one, aunque sin Spielberg a los mandos.

Hay un momento delirante en el que el empresario celebra uno de los grandes logros de su invento: la capacidad de sus sensores de reconocer el movimiento facial para reproducir nuestras expresiones a través de un avatar. Ya no tendremos que usar nuestra cara como si fuéramos cavernícolas. ¿Cuál es la ventaja de todo esto? Es bueno para el medioambiente, espeta Zuckerberg. En síntesis: el futuro es confinarse y moverse lo mínimo. Y por supuesto vivir a través de las aplicaciones de un millonario, rezando para que no llegue el gran apagón y la especie se extinga.

En fin, el metaverso es un poco como la metadona: un sustituto para los yonkis de la irrealidad, que son multitud, en vistas de que el mundo se hunde. Es un negocio redondo, como los NFT, pero si algo nos demostró la pandemia es que la vida sin piel no tiene mucho sentido.


sábado, enero 16, 2021

LA HIPERCOMUNICACIÓN ESTABLECE CONTACTOS PERO DESTRUYE NUESTRAS RELACIONES

 

Byung-Chul Han es un destacado diseccionador de la sociedad hiperconsumista. Hace poco publicó en la revista francesa ‘Phychopolitics ‘ un ensayo sobre el narcisismo contemporáneo y la desaparición de la cercanía y la amistad. He aquí sus reflexiones...

La hipercomunicación actual solo establece contactos pero destruye relaciones. Elimina la distancia, pero al mismo tiempo destruye la cercanía y la amistad.

¿Cuáles son las causas de esta desaparición? El otro es algo que duele; sin embargo, hoy evitamos cualquier forma de lesión. No queremos arriesgar nada. Espolvoreamos energías libidinosas a medida que diversificamos nuestras inversiones, para evitar una pérdida total. La hipercomunicación actual solo establece contactos pero destruye relaciones. Elimina la distancia, pero al mismo tiempo destruye la cercanía y la amistad. La proximidad está ligada a la distancia. Si el alejamiento se destruye por la ausencia de distancia, la cercanía e incluso el amor se destruyen ¿Qué queda entonces?

El narcisismo actual se basa en el vacío. El ego se ha empobrecido mucho en formas de expresión estables con las que podría identificarse y que le darían una identidad firme. Hoy nada dura, nada persiste. Este carácter efímero actúa sobre él, lo desestabiliza, lo hace perder las certezas. Es precisamente esta incertidumbre, este miedo por uno mismo lo que conduce al funcionamiento “vacío” del ego. En reacción, el individuo intenta en vano que ocurra. Esta es, por ejemplo, la manía por las selfies. En realidad, estos no se generan por vanidad o enamoramiento, sino que ilustran con precisión este vacío interior. En lugar de un ego narcisista estable, se trata de un "narcisismo negativo".

En todas partes, la gente habla de compartir y de comunidad. Se supone que la economía de compartir reemplaza a la economía de propiedad. Pero nos equivocamos al creer que la economía colaborativa, como afirma Jeremy Rifkin en su libro The New Society of Zero Marginal Cost (Los Vínculos que Liberan), es un paso hacia el fin del capitalismo, hacia una sociedad global, donde lo colectivo tendría más importancia que la propiedad. Es lo contrario: la economía colaborativa conduce a la comercialización total de la vida. En una sociedad basada en la evaluación mutua, todo se comercializa, las personas, la información, las ideas, el amor, la amistad, el ocio, la cultura, incluidos ciertos valores como la amabilidad, por ejemplo. Nos volvemos amables para tener mejores apreciaciones. Incluso en el corazón de la economía colaborativa reina la dura lógica del capitalismo. En este hermoso compartir, paradójicamente, nadie se deshace voluntariamente de nada.

En el pasado, las empresas competían entre sí. Dentro de la organización, en cambio, la solidaridad era posible. Hoy en día, todos compiten con todos los demás, incluso "en" el negocio. Esta competencia absoluta ciertamente aumenta la productividad, pero destruye la solidaridad y el espíritu de comunidad. La autoexplotación es más eficaz que la explotación por parte de un tercero: produce mejores frutos porque va de la mano del sentimiento de libertad. El sistema neoliberal destruye la solidaridad ¿Cómo escapar pues de este oscuro futuro?

El neoliberalismo conduce a un vacío y angustia existencial. Y siempre destruye más seguridad, más y más enlaces. Ninguna profesión es inmune hoy. Nadie se siente seguro en este sistema puramente competitivo. Muchos padecen ansiedades difusas: miedo a no estar a la altura, a fracasar, a abandonar. Nada es sólido, nada es duradero. Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema. Vivimos en una sociedad de miedo. Surge así una nostalgia por el vínculo obligatorio que utilizan tanto el fundamentalismo islámico como el extremismo de derecha.

gracias al triunfo tecnológico de internet, ahora el poder es un ejercicio de control sobre las psiquis. El smartphone no es solo un eficiente aparato de vigilancia, sino también un confesionario móvil. Facebook es la iglesia, la sinagoga global (literalmente, la congregación) de lo digital. Y los gobiernos invierten muchos recursos para registrar lo que ocurre en esa congregación. Lo que necesitamos hoy es otro tipo de vida capaz de crear obligación y vínculo, sin que esto se traduzca en violencia y exclusión. Una especie de vida en la que se le dará espacio a la espiritualidad más allá del esoterismo, visto como una forma de terapia que solo repara los daños causados ​​por el sistema. Un tipo de vida en la que un verdadero don, un verdadero espíritu de compartir será posible más allá de compartir.

La psicopolítica es un poder inteligente, sutil y silencioso, que es capaz de penetrar en nuestra psique para explotarla y controlarla sin que nos demos cuenta, seduciéndonos incluso para que colaboremos con ella voluntariamente. Las nuevas técnicas de poder del capitalismo neoliberal, dan acceso a la esfera de la psique, convirtiéndola en su mayor fuerza de producción. La psicopolítica es, según Han, aquel sistema de dominación que, en lugar de emplear el poder opresor, utiliza un poder seductor, inteligente que consigue que los hombres se sometan por sí mismos al entramado de dominación.

En este sistema, el sujeto sometido no es consciente de su sometimiento. La eficacia del psicopoder radica en que el individuo se cree libre, cuando en realidad es el sistema el que está explotando su libertad. La psicopolítica se sirve del Big Data el cual, como un Big Brother digital, se apodera de los datos que los individuos le entregan de forma efusiva y voluntaria. Esta herramienta permite hacer pronósticos sobre el comportamiento de las personas y condicionarlas a un nivel prerreflexivo. La expresión libre y la hipercomunicación que se difunden por la red se convierten en control y vigilancia totales, conduciendo a una auténtica crisis de la libertad. Este poder inteligente podría detectar incluso patrones de comportamiento del inconsciente colectivo que otorgarían a la psicopolítica un control ilimitado. Nuestro futuro dependerá de que seamos capaces de servirnos de lo inservible, de la singularidad no cuantificable y de la idiotez de quien no participa ni comparte.

Concluyendo. El miedo, la globalización y el terrorismo, son poderes que caracterizan a la sociedad actual. Los tiempos en los que existía el otro han pasado. El otro como amigo, el otro como infierno, el otro como misterio, el otro como deseo van desapareciendo, dando paso a lo igual. La proliferación de lo igual es lo que, haciéndose pasar por crecimiento, constituye hoy esas alteraciones patológicas del cuerpo social. Lo que enferma a la sociedad no es la alienación, la sustracción, la prohibición ni la represión, sino la hipercomunicación, el exceso de información, la sobreproducción y el hiperconsumo. La expulsión de lo distinto y el infierno de lo igual ponen en marcha un proceso destructivo totalmente diferente: la depresión y la autodestrucción.

Byung-Chul Han (Seúl, 1959) uno de los pensadores más subversivos de Alemania

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