Cuando abandonamos nuestro mundo privado y entramos a formar parte de la dinámica exterior solemos transformar nuestras pautas de conducta olvidándonos a menudo que existen otras personas a nuestro alrededor. Da igual en que condiciones vayamos, si a pie o en vehículos, cuando somos muchos y coincidimos todos, nos volvemos auténticos energúmenos. Según las leyes de la progresión geométrica probablemente si seguimos a este ritmo las ciudades se convertirán en grandes campos de batalla y sus consecuentes cementerios de almas muertas.Cada día son más los momentos en que te encuentras metido en el centro de situaciones desagradables, tensas o de choque o por cuestión de azar recibes sus efectos colaterales. La vida es un duro golpe que alguien te asesta desde alguna parte y a veces no puedes reaccionar como deberías. Existen momentos donde decides pensar que todo parece el acto jocoso de algún bromista sideral porque las piezas no encajan en la maquinaria porque no dispones de las herramientas necesarias. Eso se debe en parte a que vivimos en el seno de una sociedad que nos vapulea constantemente y se olvida a menudo de sus principios éticos en pos a un profundo egoísmo de sus integrantes. Esta forma de vivir suele disociar las buenas formas de comportamiento que terminan por convertirse en conductas muy insolidarias, negativas e incluso violentas. Las transformaciones que sufren las personas en plena calle son un claro ejemplo y dignas de llevar a la gran pantalla. NO SOMOS LO QUE PARECE.
Muchos pensaréis que soy muy crítico con la sociedad, llevo tiempo dándole caña, pero es que realmente la merece y más cuando conoces esa realidad social que te engulle hacia sus oscuras entrañas.
El mundo es una gigantesca bola Gruyere con bacterias Roquefort y gusanos de Cabrales pero gira como un huevo podrido en su canasta de paja. “Si te ríes cuando los otros ríen y lloras cuando los otros lloran, en ese caso tienes que prepararte para morir como ellos mueren y para vivir como ellos viven. Eso significa estar en lo cierto y llevar la peor parte al mismo tiempo. Significa estar muerto cuando estás vivo, y estar vivo sólo cuando estás muerto” (Henry Miller, Trópico de Capricornio).
La vida se convierte pues en un espectáculo a medida que se produce, es bella si tienes la suerte de estar en el lado guai de si misma pero es una terrible si te encuentras en su lado más jodido. Por tanto tus valoraciones en torno a la vida dependen del anclaje que te ate a su andadura. La vida es un cúmulo de situaciones que te hacen oscilar entre los vaivenes del tiempo, siempre en distintos niveles de abajo o arriba. Hay gente que sufre indebidamente más de lo que imaginamos y gente que vive como auténticos dioses sin merecerlo. La vida es una putada pero con el armamento adecuado puede convertirse en un sendero equilibrado o tolerable.
Como la vida no es fácil para nadie, ni siquiera para muchos de los multimillonarios que envidiamos, hay que procurar tomarse la vida de la mejor manera posible y procurar mejorar en todo lo que podamos nuestra existencia así como aportar distintos granos de arena para que el conjunto sea menos ácido y amargo.
Nunca se tiene todo y cuando tenemos algo deseamos más o cambiar. Los ricos tienen dinero pero suelen tener otras carencias que muchas veces inútilmente intentan comprar. Comer todos los días langosta al horno o solomillo Paris, cansa, por lo que terminas soñando con los boquerones de la abuela o el bocata de fuet. Ricos, medios, pobres o lumpens, todos al final terminan en el mismo agujero, tanto si acudes a a la cita con abrigo de visón y Rólex de oro o con alpargatas y rastas de okupa.
Por ello siempre he pensado que hay mucha gente que se complica la vida innecesariamente y se busca problemas por las cosas más banales como es el caso de la convivencia diaria básica en las ciudades. Mala leche, frialdad, indiferencia, introversión, distanciamiento social, etc., son algunos de los elementos que están presentes cada día por las calles de nuestras megapolis.
El mundo actual es una olla a presión; hay mucha desconfianza por todos lados. Antes la gente era más amable, más conversadora, más amigable, más hospitalaria. Ahora somos enemigos, competidores, gente de poco fiar. La verdadera escuela de la vida no está en los libros sino en la misma calle que pisas todos los días, ese extraño lugar donde se dan cita todas las almas humanas.
Existen muchos estudios que nos alertan de todos esos comportamientos de la vida humana, disciplinas dispares que intentan descifrar los jeroglíficos e interrogantes de las sociedades humanas. La Psicología por su parte nos advierte de los peligros para la mente, la Ciencia de los problemas para nuestra salud, la Sociología sobre los constantes handicaps sociales que zarandean nuestra vida, la Economía sobre las oscilaciones de los mercados, la Demografía del incesante crecimiento de la población y del agotamiento de los recursos. Vivimos tan inmersos en las grandes concentraciones humanas que olvidamos a menudo que somos demasiados y eso genera tensiones de altísimo standing; pero si logramos observar a los habitantes de dichos hormigueros notaremos que a ciertas horas las “termitas” humanas salen de sus agujeros y rugen como marabuntas para hacerse un hueco en su propio espacio vital; piensan que la ley está hecha a su medida y el resto no tiene importancia.
Los “seres humanos” somos así, nos machacamos unos a otros y aun siendo parecidos nos creemos diferentes a los demás, hacemos todo lo imaginable para alcanzar los olimpos soñados, al precio que sea. Por suerte existen buenas personas que hacen cosas que mantienen cierto equilibrio en las sociedades, pero muchos buscan nutrirse a toda costa. De los políticos, banqueros y multinacionales ni hablemos, son el más puro reflejo de esa realidad tan decadente y responsables de los males que azotan el mundo. SOMOS PEORES DE LO QUE PARECE.
En la calle te encuentras todas las formas de la demencia, dos mil años de esta historia nos han insensibilizado con respecto a la imbecilidad que constituye la ida diaria de las personas. Por ejemplo, sabemos que los conductores de vehículos actúan como auténticos depredadores urbanos, incluso podríamos colocar en el coleccionable de cromos a ciertos ciclistas salvajes, motoristas descerebrados, patinadores y skaters arrolladores, que con sus vehículos son capaces de aplastar a cualquiera que anda por su espacio. ¿Pero qué sabemos de los que sólo andan?, ¿de esos que tan solo con dos patas parecen inofensivos pero siembran el caos con su móvil prepotencia?. Sin lugar a dudas son parte del reflejo de esa sociedad mutilada de principios.
Este tipo de personajes, caminantes y motorizados de corte homicida, van por donde quieren, no respetan ni señales ni semáforos, y menos carriles, cruzan por cualquier parte, zigzaguean o se paran donde más estorban o les place; pasan de sus semejantes, les importan un carajo, ocupan asientos sin concesiones a las personas más necesitadas, ni a viejos, ni a embarazadas ni a sobrecargados, enfermos o con muletas.
Los que solo andan roen todo lo que pillan a su paso, escupen, orinan en cualquier zona, ensucian, tiran montones de desperdicios, algunos huelen mal, contaminan, rompen cosas, nunca se apartan aunque otros tengan preferencia, dan golpes, incluso, a veces, buscan bronca si se les dice algo; pasean por el carril de bici, y si van en grupos, invaden todo el espacio como si fueran una manada de elefantes. Pocos van por su derecha, si te descuidas te comprimen o aplastan como una lata, especialmente cuando se movilizan por los pasillos subterráneos del metro, terminas andando y dando eses como un borracho. Son un colectivo anormativo y en consecuencia se creen los propietarios de las aceras y de cualquier espacio que pisan. Cuando llueve casi te sacan los ojos con sus paraguas descontrolados. No admiten consejos pero critican a los que van sobre ruedas mostrando verdadera impiedad frente a ciclistas, coches, motos, patines y monopatines, entre más artilugios móviles. Tienen sus derechos y razones, por supuesto, pero son intransigentes cuando ellos fallan, que es muy a menudo; entonces pierden el norte e imponen sus normas y te machacan si les llevas la contra. Observad una gran concentración humana y sabréis de qué hablo.
Yo por ejemplo, voy todos los días al trabajo en bicicleta, me gusta evitar en lo que puedo el stress del tráfico motorizado, hago deporte y encima ahorro y no contamino en ese sentido. Consciente de que voy en un vehículo de dos ruedas y a veces no tengo más remedio que compartir aceras con supuestas personas, soy de los que procuro cumplir con las normas establecidas para tal fin, cuestión de principios; si fuera por mi, viviría en una isla tropical con la menor gente posible; por desgracia no es así y veo cada día montones de trenes humanos desfilando por todas partes, entre ellos gran cantidad de peatones que infringen sus propias normativas de circulación peatonal desconociendo su propia normativa de tráfico.
Cuando las aceras tienen unos anchos concretos y la calzada resulta peligrosa las bicicletas pueden circular por las aceras. A pesar de ello, los ciclistas solemos ser el blanco de muchas iras por lo que no hay día que, por tocar el timbre -como aviso de precaución- o por circular por las aceras permitidas, no recibas broncas o incluso insultos, algunos de ellos muy graves. Recuerdo que hace unos días una pareja de “personas” que rondaba los 60 y pico paseaba tan pancha por el carril de bici cuando tenía su propio espacio para hacerlo; les avisé de mi presencia con un toque de timbre y a cambio recibí, ipso facto, un aluvión de insultos entre los cuales el más fuerte fue hijo de p… De buena gana me hubiera parado en seco y le hubiera asestado un puntapié a los viejos, pero mi ángel interior me paró diciéndome que no merecía la pena increpar a un grotesco mal educado ya senil así que les esquivé y proseguí mi camino. Evidentemente ellos no se apartaron del carril bici y siguieron andando por el mismo gesticulando ademanes de cabreo enloquecido. Siempre he pensado que si las personas llevasen pistolas o ametralladoras láser mientras transitaran por las calles éstas estarían sembradas de cadáveres. Hay tanta agresividad contenida en la sociedad que resulta peligroso moverse por el exterior, nunca sabes que te puede pasar. Lo mejor es pasar de los demás y seguir tu camino.
La gente no es lo que debería ser, antes se paseaba con calma y las personas eran más educadas, en las calles y en las aceras de las ciudades. Solían levantarse de su asiento para ceder su espacio a una embarazada o a un señor mayor. Los automovilistas solían ceder su paso y los ciudadanos conversaban con esmero cuidado y no estallan como un saco de TNT cuando se producía un pequeño incidente. Eran personas en ciertos sentidos.
Hoy en día somos salvajes, puros escorpiones con las colas levantadas y los aguijones relucientes. Hablamos de educación pero la olvidamos a cada momento que demonios es eso. Deambulamos con nuestros caretos agrietados y aislamiento ajeno. Si alguien nos dice algo ya pensamos bajo ecuación negativa. En cuestión de micronésimas de segundos nos ponemos a la defensiva y somos capaces de engullir cualquier víctima que se pare ante nuestras narices. La vida ha cambiado tanto que se está volviendo intolerante y extraña. Veamos un curioso experimento.
Hace pocos días dos periodistas observaron en seis zonas muy transitadas de Pamplona cuántos peatones infringían ciertas normas de circulación. El estudio se realizó el día 12 de julio del 2009 y los periodistas permanecieron en cada lugar 20 minutos. En apenas 120 minutos un total de 184 personas cruzaron la carretera por lugares no permitidos o cuando el disco estaba en verde para los vehículos. Cada 1,5 minutos se cometió una infracción peatonal. Por tanto hay que tener presente que en muchas ocasiones son los mismos peatones quienes cometen infracciones que desembocan en siniestros leves o graves.
Con todo esto quiero decir que en esta vida hay quien sabe comportarse y hay quien se pasa por el forro cualquier código de conducta basada en el respeto de las normas, vayan a pie o en cualquier vehículo; la educación y savoir faire están desapareciendo y si los políticos y empresarios no son capaces de dar ejemplo ¿cómo vamos a exigir ética, moral y buenas costumbres al resto de los ciudadanos?. No tiene sentido y por ello las ciudades se están convirtiendo en espeluznantes campos de Bramante. La prueba es que ni tan siquiera se acepta que en las escuelas pueda impartirse una asignatura tan lógica como necesaria que se llama Educación para la Ciudadanía. Recuerdo que en mi infancia en la escuela estudiaba lo que en aquel entonces se llamaba Urbanidad y era una especie de cuaderno estilo Comic que te mostraba las principales conductas de respeto y educación para con los demás.
Hasta hace poco tiempo los viandantes no solían tener normativas que marcasen su forma de proceder; no obstante, debido a muchos abusos y consiguientes accidentes y salidas de olla, ahora ya se sanciona a muchos peatones que infringen los códigos de circulación, una acción que a mi juicio es coherente. Lo que me parece mal es que en su afán de recaudación de fondos hay ayuntamientos que se pasan de rosca al sancionar ciudadanos a pié por correr por ciertas calles, por saltar vallas, incluso por subir el perro con el ascensor, entre otras múltiples exageraciones. Con todas esas nuevas sanciones los ayuntamientos se embolsan una jugosísima cantidad de extras monetarios que les vienen anillo al dedo para cubrir sus necesidades y obtener sus beneficios. No creamos pues que todo lo que se hace oficialmente es por el bien de la comunidad. La razón oficial de estas sanciones son una excusa legal para justificar la obtención de recaudaciones millonarias que realmente constituyen la verdadera finalidad de todo el proceso.
Cierto es que tenemos capacidad para poder vivir en sociedades armónicas, bien planteadas, ecuánimes y centradas en el bienestar común; podríamos construir equilibrios, controlar los espacios y y repartir las riquezas para que todos pudiéramos vivir bien y sin carencias, se podría hacer eso y mucho más si las personas fueran honestas, solidarias y legalmente comprometidas por las causas sociales, pero no es así, nos domina el negro corcel de la perversión, del egoísmo, de la ambición, del poder, del tener más que nadie, por lo que en lugar de generar totalidad generamos diferencias y cada vez más profundas. No somos pues tan inteligentes como creemos ser, somos esclavos de nuestros propios demonios. Si sopesáramos en una gigantesca balanza las conductas humanas veríamos que la zona negra es la más abultada y pesada. Como dice la voz de la experiencia, “cuando te mueves entre termitas humanas alerta tus sentidos porque tarde o temprano puede ser que te devoren lo poco que aún te queda de humano”.
“La tierra no es una meseta árida de salud y comodidad, sino una gran hembra tumbada con torso de terciopelo que se hincha y se eleva con las olas del océano; se retuerce bajo una diadema de sudor y angustia … . A veces es como una cierva, una cierva que ha caído en una trampa y que espera con el corazón palpitante que estallen los címbalos y ladren los perros. Amor y odio, desesperación, piedad, rabia, hastío … En los años transcurridos desde que apareció la última alma devoradora, el último hombre que conoció el significado del éxtasis, ha habido una decadencia constante, en el pensamiento, en la acción. El mundo está acabado: no queda ni un pedo seco. ¿Quién puede sentir el menor respeto hacia estos gobiernos, leyes, códigos, principios, ideales, ideas, tótems y tabúes existentes?... Si hubiera un hombre que se atreviese a decir todo lo que pensaba de este mundo, no le quedaría ni un metro cuadrado de suelo en que plantar los pies. Cuando aparece un hombre, el mundo cae sobre él y le rompe la espalda. Siempre quedan en pie demasiados pilares podridos, demasiada humanidad infecta como para que el hombre florezca. La superestructura es una mentira y el fundamento un inmenso miedo trémulo … Si de vez en cuando encontramos páginas que explotan, páginas que hieren y estigmatizan, que arrancan gemidos y lágrimas y maldiciones, sabed que proceden de un hombre arrinconado, un hombre al que las únicas defensas que le quedan son sus palabras y sus palabras son siempre más resistentes que el peso yacente y aplastante del mundo, más resistentes que todos los potros y ruedas de tormento que los cobardes inventan para machacar el milagro de la personalidad. Si algún hombre se atreviera alguna vez a expresar todo lo que lleva en el corazón, a consignar lo que es realmente experiencia, lo que es verdaderamente su verdad, creo que entonces el mundo se haría añicos, volaría en pedazos, y ningún dios, ningún accidente, ninguna voluntad podría volver a juntar los trozos, los átomos, los elementos indestructibles que han intervenido en la construcción del mundo”.
(Henry Miller, Trópico de Cáncer)
Os dejo con esta curiosa canción y letra de Def Con Dos que define al dedo a esa extraña especie llamada Humanos.
http://www.youtube.com/watch?v=bI48zu24jek
Saludos.-
Texto KarlFM
Ilustración: Google images






















































































