domingo, diciembre 20, 2009

LAS ESTRELLAS NUNCA DEBEN DEJAR DE BRILLAR

Cuando salgo a la calle el frío pela pero ya no veo los copos de nieve ni las luces parpadeantes de antaño, el cielo es gris, la gente marcha alocada y sin decir palabra. El mundo ya no es lo que era, todo ha cambiado.

Como es costumbre, las Navidades ya están encima de nuevo, un año menos en la cuenta atrás, un año más en el baúl de los nuevos retos. El tiempo nunca se detiene, corre, huye, vuela, impide al presente permanecer para siempre; las experiencias que acabamos de vivir se hunden en el pasado y que en ese receptáculo ya no es posible modificarlas, aunque el recuerdo que de ellas tenemos y que las conserva esté amenazado de destrucción por el olvido. Sólo la muerte es el final del tiempo biológico pero el tiempo persiste cosmológicamente, espiritualmente.

No creo en las tradiciones religiosas aunque reconozco que las Navidades son bellas en cuanto a sentimientos, imagen y significados. Es de las pocas fiestas cristianas que ofrecen un símbolo diferente, porque intentan unir a las familias, cercanas o lejanas, y despiertan emociones intensas a millones de personas en distintas partes del mundo. Pocas cosas consiguen eso al mismo tiempo. Por eso la Navidad es, en si misma, pura belleza, un cuento adornado de luz, magia e intercambios que dejan una huella imborrable en el paso de los tiempos, desde los más pequeños hasta los más ancianos.

Pero las Navidades ya no son tampoco lo que fueron antaño, con el paso de los años las cosas se han devaluado y han perdido ese impulso inicial que las definían como entrañables. Hoy en día el afán desmedido por el consumo, la ineficacia de las políticas de los gobiernos, la filosofía irracional reinante, las maniobras manipulantes del sistema, la voracidad de los bancos, de las patronales, convierten toda esa belleza navideña en un abanico de intereses creados que aniquilan toda aquella magia que brillaba con luz propia; el espíritu navideño se apaga ante el voraz apetito del capitalismo y la sed de mal en el mundo.

Recuerdo que cuando era pequeño hacía mucho frío, llevaba abrigo largo, bufanda, guantes y gorro en la cabeza; en las manos las castañas calientes que compraba a la castañera del barrio para tener calor real en las palmas congeladas; veía las calles de Barcelona llenas de ilusiones, a los guardias urbanos rodeados de cestas de Navidad y regalos que les hacían los vecinos por su ayuda tan especial durante todo el año; por todos lados escuchabas los villancicos de Navidad. Con mi madre y padre construíamos belenes impresionantes, con agua real inclusive y adornábamos la casa de guirnaldas y luces de colores; el árbol de Papá Nöel era impresionante y olía a puro abeto del Pirineo. En el colegio preparábamos para los familiares los regalos hechos por nosotros mismos; cuadros, manualidades, poemas, dibujos, todos envueltos según la creatividad de cada uno. Nos enseñaban el valor del esfuerzo propio y el amor a través del detalle. El día de Navidad recitaba una poesía escrita por mí ante toda la familia antes de la comida, eran tiempos franquistas, de represión, pero en las casas había muchísima ilusión y romanticismo. Qué tiempos tan maravillosos aquéllos. Hoy en día veo a los niños con otras caras.

Recuerdo las estampitas navideñas de los carteros, del sereno, del barrendero y de muchos más, pasaban por las casas felicitando las fiestas con esa entrañable postal que nuestros padres colocaban junto el pesebre y árbol de Navidad. En las casas se recibían montones de felicitaciones y todo el mundo se felicitaba de corazón. En los hogares llegaban regalos de los vecinos, de las tiendas a las que ibas a comprar durante todo el año. La gente lo hacia como señal de agradecimiento. Eran otros tiempos. Había sentido y sensibilidad.

Actualmente ese nexo no existe, ni somos los de antes y la sociedad menos todavía; si pudiéramos … a los guardias urbanos les pondríamos cartuchos de dinamita en vez de regalitos y en las tiendas no se puede ni entrar; los regalos se hacen por compromiso, pocos con el corazón, salvo las excepciones más íntimas. Todo es un puro comercio.

Cuando sales a la calle riadas inmensas de gente te arrollan sin piedad ni educación todos enfebrecidos para saciar su ansia de compra y vaciarse los bolsillos. Es el imperio del euro y los turrones cuestan los dos ojos de la cara. Si los quieres tienes que abandonar lo artesano y gastar en lo industrialmente asequible. Las marcas blancas reinan los mercados como la nieve del invierno. Habrá que comer lo que realmente te permita la caja porque los gastos del mes no paran y hay muchos extras. Aun así con imaginación y control, puedes pasar, si todo el resto va bien, unas Navidades más o menos agradables, sólo o en compañía de los que más quieras.

Pero la vida no sonríe a todos por igual, para muchas familias y personas las Navidades no son ese lazo unido de amor y prosperidad, porque sus características y situaciones personales no pueden sentir ese sentimiento de belleza universal. Enfermos, desaparecidos, muertos, torturados, encarcelados, violados, maltratados, explotados, marginados, abandonados, secuestrados, pobres, desolados, tristes, despechados, etc., …. toda una larga lista de seres humanos cuyas almas rotas no pueden sentir lo mismo que un niño que abre ilusionadamente sus paquetes el día de Navidad o Reyes

Estas personas viven en otra dimensión, en un mundo donde han perdido su sentido y van a la deriva como barcos sin velas, sin casco de flotación, con apenas unos pedazos donde sujetarse si los tienen; son personas que han perdido cosas, personas, derechos, su status, y permanecen solos antes sus miserias; son gente que existen pero para ellos mismos o unos pocos, y ante tanto bucolismo urbanita son prácticamente invisibles.

¿Qué Navidades pueden esperar los niños africanos que viven desnutridos en los miserables poblados, los que duermen en las calles bajo el manto del tetrabrick de vino barato, los que luchan por la vida en los hospitales, los que pierden o han perdido a seres queridos e inolvidables, los que viven en los inframundos de las más crueles cárceles del mundo, los que deben sobrevivir en los conflictos bélicos que sus países les han conducido, los que se han quedado sin trabajo y no tienen ni medio euro para alzar una copa de cava barato o simplemente los que cruelmente son violados, maltratados o torturados?. ¿Qué son las Navidades para esta parte del mundo troceada mientras la otra parte festejamos las fiestas rodeados de regalos, capones, langostinos, canelones, vinos, licores y turrones?

Soy feliz porque tengo la suerte de vivir en el lado brillante de la vida pero como ser humano que soy, consciente y comprometido por mis ideas y sentimientos, no dejo de pensar en esa otra parte de gente que vive asolada en la oscuridad del mundo. Este mensaje básicamente va dedicado a esa parte de la vida oscura que nunca podemos olvidar a pesar de que nosotros vivamos en nuestras burbujas personales de felicidad y éxtasis festivo.

Pero no sólo las personas deberíamos hacer más cosas por todos ellos sino que los gobiernos del mundo entero, bancos, multinacionales, industrias, comercios, negocios, religiones, organizaciones políticas y financieras, estamentos sociales, cuerpos de seguridad, centros de educación, en definitiva, todo ese tejido social que conforma la sociedad del poder, debería mostrar su lado más humano ayudando a los más necesitados a sentirse más arropados en la vida, al menos en estas fechas, evidentemente algo impensable.

Por suerte siempre hay personas que si hacen cosas importantes y arriesgan incluso sus vidas sin más interés que el de querer ayudar a los más necesitados. Es el caso, por ejemplo, de mi compañera de trabajo y amiga, Alicia Gámez, que sigue secuestrada por Al Qaeda en alguna parte del inmenso corazón negro africano. Espero que Alicia pueda regresar estas Navidades entre sus familiares y amigos y su pesadilla tenga finalmente un final feliz.

No vivimos en una sociedad donde todos tenemos asegurada una parcela de amor y amistad, de seguridad, hoy estamos arriba y mañana quizás en el fondo de un agujero, o en cualquier otra situación trágica de la vida; hoy podemos comer mariscos y mañana quizás andemos hurgando entre los containers de basura como se ha visto últimamente. No vivimos en una sociedad donde las injusticias han sido superadas, donde todos vivimos de acuerdo a los principios de igualdad, legalidad y solidaridad. Nuestra inteligencia humana aun no ha sido capaz de inventar esa fórmula de felicidad para todos; mientras no cambiemos nuestra forma de ser, la vida justa nunca será posible y ese cambio empieza en nosotros mismos, un cambio que el propio Poder intenta que nunca sea viable. Pero nadie nos puede quitar la capacidad de luchar para que un día esa vida mejor pueda ser posible, porque nada ni nadie puede matar la esperanza, ese valor universal que aun mantiene viva la posibilidad de ser diferentes.

Nuestro mundo es una bola gigantesca que rueda sin parar hacia quien sabe dónde, nadie sabe a ciencia cierta qué destino nos depara y cuanto tiempo estaremos aun rodando en la esfera de la existencia, nuestra supervivencia como cultura y especie está tocada y probablemente tenga fecha de caducidad, pero al mismo tiempo si solo amasamos todo aquello que realmente nos hace felices, ese mundo tan enorme es muy pequeño que cabe en el puño de una mano.

Nuestro mundo no es una bola de Navidad que se cuelga en un lugar del tiempo, una estrella fugaz que pasa al galope una vez cada mil millones de años, o un belén entrañable donde todos sonríen el nacimiento del Salvador. Dejemos los mitos atrás, vivamos de realidades: si Dios existe en alguna parte, debería ser un ser que tendiera la mano a sus hijos de la tierra en lugar de atemorizarlos o pasar de ellos, debería mostrarse a esos pobres que sufren y mueren sin justificación posible, y reconvertir todo el mal en armonía, equilibrio y felicidad.

Desde aquí, desde mi pequeño mundo, he dibujado este árbol de espirales como símbolo de la esperanza que nace, avanza y nunca termina, siempre rodeada de estrellas y puntos de luz y color que la acompañan para que jamás deje de brillar; enciendo también mis velas e inciensos para que todas esas personas que viven desoladas puedan sentir que no están solas, que un aroma entrañable les reúne en alguna parte del universo y para que entre todos nosotros los recordemos y podamos darles ese algo, por pequeño que sea, de nuestra suerte y felicidad.

Pero también quiero abrazar a todas estas personas que están dentro de mi mundo diario y real que, día a día, me hacen sentir mejor y con más ganas de seguir avanzando en este difícil mundo que nos ha tocado vivir. Me refiero a mis amigos, amigas, familiares, compañeros, conocidos, gente del universo real cotidiano, de la calle y del cielo virtual, de Netlog y de otras partes, todo un vasto número de átomos humanos que viajan constantemente conmigo en el interior de mi alma por los senderos de la existencia. Gracias a todos vosotros por ser pilar y energía en mi vida, por estar cerca, entrañables y colaboradores, inolvidables y fieles, porque todos somos mentes únicas, estrellas diferentes que brillan al unísono formando un bello tejido luminoso en el universo oscuro. Espero que esas estrellas nunca dejen de brillar.

A todos vosotros y a todos ellos un abrazo eterno de amistad y un fuerte beso a mi ya desaparecida madre allí dónde esté.

Ilustración y texto: KarlFM

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