Parece ser que eso de construir una sociedad estable, justa, libre e inteligente, donde las personas se comporten como seres íntegros y civilizados es una rotunda utopía por no decir un fracaso. Guerras, matanzas, asesinatos, tráficos, violaciones, escándalos, corrupciones, maltratos, torturas, vejaciones, demuestran el grado de calidad humana que vive nuestra sociedad y el nivel que ha conseguido tras 20 siglos de esfuerzos.La realidad social es el reflejo de lo que se cuece en la mentalidad de quienes la dirigen y de quienes viven en ella y, con frecuencia, se trata de una realidad muy chocante y caprichosa difícilmente comprensible pero tristemente avergonzante. No cabe duda que muchos seres humanos son incapaces de comportarse como tales; siendo independiente en que estrato de la pirámide se encuentren ubicados. Vivimos anclados en una sociedad terriblemente convulsionada por cosas muy graves que prontamente se olvidan sin aprender de ellas, es decir, nuestra vida se desenvuelve en una sociedad que vive deprisa y olvida rápido.
Las dos niñas españolas de 13 años que han sido víctimas de una violación múltiple por parte de varios chicos menores en Isla Cristina, Huelva y Baena, Córdoba, es algo que ha consternado a todo el conjunto social del país; sin embargo, a pesar de la enorme resonancia nacional de ambos casos, veremos cuanto tiempo va a durar dicha consternación y que se aprenderá de ellas. De momento, lo que si es cierto, es que estos dramáticos sucesos han dejado a varias familias rotas y un montón de preguntas en el aire que precisan de rápidas respuestas. Veamos algunas de ellas.
¿Dónde se aprende que una menor es una persona con derechos y no un objeto de placer? ¿Dónde se aprende el respeto y el control del apetito sexual? ¿Qué modelos son los que incitan a violar y cuáles a respetar? ¿Quiénes permiten que chicos tan jóvenes se conviertan en auténticos desalmados? ¿La escuela, la familia, la sociedad son los auténticos responsables? ¿Nuestras leyes son blandas o existe un exceso de impunidad legal? ¿Vivimos una creciente banalización de la sexualidad o la culpa de todo recae en los valores educacionales que hoy en día no se transmiten correctamente por quienes lo hacían antaño? ¿Nuestra cultura posee las claves necesarias y certeras para desarrollar una convivencia basada en el sentido común, el equilibrio y la felicidad o realmente es una sociedad que se basa en las innumerables contradicciones y defectos que tiene?
Lo he dicho en anteriores blogs, nuestro sistema de vida es un auténtico caos y como tal tiene lo que propiamente genera. El concepto de familia, por ejemplo, está roto y el capitalismo neoliberal es el responsable de esta quiebra. Tradicionalmente los roles familiares, justos o no, estaban muy bien definidos, el padre, por una parte, era el que salía a trabajar y la madre, por otra, cuidaba el hogar y a los hijos; ambos tejían el entramado de los valores humanos y sociales de aquellos momentos y el resultado era una sociedad más o menos equilibrada con un os valores concretamente definidos. Las escuelas y el Estado respaldaban dicho sistema con lo cual todo era uno, compacto y firme. No entro en valoraciones ideológicas sobre si ese sistema era o no correcto, si era represivo o liberal, lo que importa es que en ese momento había un conjunto de valores cohesionado por los tres pilares que precisa la formación de un futuro ciudadano: familia, escuela y Estado.
La sociedad actual, sin embargo, va por otro lado, todos aquellos valores de antaño se han desmoronado y la vida se ha convertido en un enjambre de desequilibrios, cada uno va a su bola, lpadres y madres deben ausentarse para trabajar y subsistir y los hijos quedan alejados de su influencia directa siendo su educación mayoritariamente completada por terceras personas que a su vez no se sienten respaldadas por sistemas que garanticen resultados óptimos.
Crisis, cambios de gobiernos, globalización, pasión por el consumo, irreflexibilidad, idiotización cultural, pasotismo, hipotecarismo, ociosidad, miedo social, precariedad laboral, incertidumbre, inseguridad, falta de respeto, stress, vivir a prisa, volatización de los sentimientos, trastornos consecuentes, etc., hacen que las familias y las escuelas no sean capaces de controlar a las futuras generaciones y se pierda el hilo conductor de los valores. Las consecuencias terminan en desajustes psicológicos y conductas antisociales como vandalismo, bulling, mobbing, violaciones, etc., y todo tipo de violencias hacia personas y cosas; como se decía antiguamente ... lo que se siembra se recoge. Por tanto el niño que maltrata y viola hoy a una niña lo hará mañana a otras mujeres, incluida la propia. Stieg Larsson lo dejó bien claro en Los Hombres que no Amaban a las Mujeres.
La fiscal de menores de Sevilla, Auxiliadora de la Rosa, reconoce que “los chavales le dan muy poca importancia a la sexualidad porque han perdido el respeto hacia ella, algo que ya forma parte de la cotidianidad”.
El psiquiatra Luís Rojas Marcos dice que “los chicos tienen los valores que los adultos les transmiten: deseo de satisfacción inmediata, tolerancia a la violencia y a la falta de respeto. La violencia se siembra en los primeros años de vida, se cultiva a lo largo de la infancia y el fruto maligno se recoge en la adolescencia”.
Los juristas creen que estas violaciones de menores no ponen de relieve fallos en la ley sino en las pautas sociales de conducta en ese entorno … “El problema principal está en la familia, la escuela, los medios de comunicación que tienden a imponer mensajes de autosatisfacción, liderazgo y consumo por encima de cualquier exigencia de responsabilidad”.
Los expertos dicen que “los menores necesitan sentir que forman parte de un grupo y en muchos casos hacen lo que sea para no estar al margen de él; además, perciben que la responsabilidad en compañía se diluye”.
Germán Castellanos presidente de la Sociedad Española de Medicina de la Adolescencia, comenta que “en el grupo confluyen muchas personalidades prototípicas como el líder, que marca la pauta, o el servil, que hace lo que le mandan por miedo a ser excluido del grupo”.
Como siempre las pelotas van de un lugar a otro porque nadie quiere encajar los goles. Las familias acusan a las escuelas y al Estado; el Estado responsabiliza a las familias porque no son capaces de transmitir valores positivos a los hijos y las escuelas culpabilizan a los padres y al Estado. El pitote es enorme y de ahí las grietas. No hay cohesión.
Culpables lo son todos, de eso no cabe duda, aunque ninguno lo admita. El Estado porque es el máximo artífice para desarrollar una sociedad compuesta por individuos responsables en todas sus facetas y facilitar los medios para conseguirlo. Las escuelas porque deberían ser capaces de generar sistemas formativos inteligentes que formasen sujetos pensantes, reflexivos, críticos y afines a unas leyes pensadas con sensatez y eficacia. Las familias porque deberían saber educar valores coherentes y no dejarse absorber por toda esa espiral de capitalismo neoliberal donde trabajo y dinero es todo olvidándose de educar y prestar el tiempo necesario a los hijos.
Y yo me pregunto ¿para qué sirven las leyes sino para conducir a la sociedad hacia valores responsables? ¿Quién establece los cánones éticos o educacionales para escuelas y universidades y crea las leyes para que se cumplan? ¿Quién forma a las familias? ¿Qué se hace para que la sociedad se sostengan sobre pilares sensatos?
Conviene reflexionar porque la sociedad se ha construido y se sigue construyendo sobre bases resquebrajadas, columnas de barro fácilmente pulverizables que no garantizan futuros equilibrios y existencias. Los casos de violencia juvenil deben servir para que la sociedad y sus órganos representativos (poderes judicial y político), reflexionen en profundidad sobre lo que pasa, cuáles son sus causas y que soluciones se precisan, una reflexión sin límites de banderas, desde el trono del poder hasta la butaca de la oposición, desde el poder oculto hasta el poder eclesiástico, porque da igual el color que luzcan sus abultadas posaderas, los desechos huelen mal tanto si comes langostas, verduras o restos del contenedor.
Existe un viejo dicho que dice cada persona tiene lo que se merece y cada sociedad sufre las consecuencias de sus propios errores. Las enfermedades sociales las engendra el propio sistema y de ellas se nutre al mismo tiempo; incluso a veces pienso que se producen y se toleran para que otros puedan vivir de ellas: militares, industrias, gobiernos, ayuntamientos, fuerzas de seguridad, bancos, multinacionales, sistemas médicos, funerarias, sistema judicial, etc. Lo que si está claro es que matar, violar, torturar, violentar, en cualquiera que sean sus formas y edades, no debería ser gratuito y permanecer impune.
Nuestra sociedad no funciona correctamente y la prueba se palpa día a día, en la realidad cotidiana, aquí, allí y más allá. Todos esos males ocurren porque nos hemos empeñado en seguir un camino descerebrado, donde se premia lo impremiable y no se incentiva lo venerable. Nadie cree ni fomenta los valores positivos de la Humanidad, ni siquiera los políticos saben dar ejemplo. Ante una sociedad así no es de extrañar pués que cada día ocurran cosas muy desagradables de las que deberíamos sentir vergüenza por llamarnos “humanos”.
Cuesta creer que unos críos que han dejado la niñez hace cuatro días, hayan violado a unas crías trece añeras. No hay excusas posibles; ni los medios de comunicación, ni las películas, ni los videojuegos, ni siquiera Internet, etc., son los promotores de semejantes conductas aberrantes. Las personas, chicos incluidos, deben saber diferenciar entre el bien y el mal, y todo aquel que usa el engaño, la premeditación, la alevosía y el chantaje, debe ser castigado, tenga la edad que tenga.
No cabe duda de que todos tenemos deseos sexuales pero no por ello violamos a las personas que deseamos; cierto es que vemos violencia en el cine, en la TV, en los videojuegos, pero no por ello matamos ni pegamos a nadie. ¿Por qué? Porque tenemos incrustados en nuestra cabeza los valores que nos permiten diferenciar lo que está bien y lo que está mal. Es el juego de los equilibrios. La familia, la escuela, la universidad, la cultura, las buenas amistades, el Estado y la sociedad general, son quienes nos han formado en esa capacidad de diferenciar.
Por una parte, el subdesarrollo moral de esta sociedad, al igual que la baja intensidad educativa de los poderes que reducen el ser humano a un consumidor unidimensional preocupado tan sólo por satisfacer sus deseos de manera inmediata, y por otra parte, la hipersexualización de la sociedad y, con ella, de la infancia y la primera adolescencia, etapas en las que el sujeto posee un menor control racional sobre su comportamiento y una menor capacidad de autorrepresión, son algunas de las causas que llevan a los jóvenes a este tipo de delitos. La carencia de valores, la tibieza de la ley así como otras causas que ya he citado en este texto, hacen que todo el conjunto asi como la Ley del Menor, precisen de una urgente reforma para acabar de una vez con impunidades y tolerancias que inducen al delito.
Espero que lleguemos a tiempo para evitar este tipo de daños aunque vistos los motores que dinamizan la evolución de las sociedades, cada vez resulta menos creíble tener esperanzas que la Humanidad cambiará a mejor.
Saludos.-
Ilustración: Cover (front and back, Desperate Rock 'N' Roll Volume Eleven.-
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